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Corrientes

Anda ya

Blusas y zapatos

La esperaba justo a la entrada del parque, no llevaba ni diez minutos allí cuando la vi junto a los puestos ambulantes. Entonces la llamé, se giró y con esa sonrisa esplendida que tiene levantó su mano como diciendo ahora voy y seguí esperando parado bajo la arboleda. Que resuelta entre tanta mercancía, ahora cogía una pulsera de conchas multicolores, preguntaba y la volvía a dejar entre las demás. Sin quitarse las gafas de sol, tocaba un pañuelo que le llamó la atención. No, le servía pero allí lo dejó. A los pocos minutos dejó de mirar y decidió acercarse al fin. Había quedado con ella para ir de compras. Las rebajas de Enero acababan de empezar y necesitaba algo de ropa, poca cosa, algún pantalón vaquero, alguna camiseta, quizás un jersey o una chaqueta (necesitaba unos zapatos). Después de hablar un poco sobre cómo nos iba, decidimos ponernos en marcha. Le conté que iba buscando y me dijo que no me preocupase que ella me llevaría a los sitios adecuados. Desde el parque nos adentramos en la ciudad, junto a la plaza estaba la galería. Que cantidad de gente todos con bolsas de plástico de colores cálidos andando de un lado a otro entre los escaparates. Por un momento mi corazón dejó de latir como cuando chico me solté de las manos de mi madre y me encontré repentinamente solo y sólo piernas de desconocidos que se deslizaban veloces a la altura de mis ojos. La sensación no se esfumó hasta que me dijo ven, mira eso, vamos dentro que aquí tienen ropa muy moderna. La luz blanca de la tienda era muy intensa y parpadeé. Ella seguía con sus gafas solares puestas así que no debió notar mis ojos cerrados. La respiración se me aceleró un poco más cuando una chica hermosa se nos acercó (la dependienta sin duda). Mientras las dos platicaban animadamente di unos pasos atrás y me giré para observar los colores que me rodeaban. Vamos, ven que te despistas. ¿Te gustan estos vaqueros?, me dijo. Si, están bien me los llevo. No, primero tienes que probártelos a ver cómo te sientan. Pero si son de mi talla y me gustan, repliqué. No sabes nada, anda vámonos. Dejamos la tienda después de ver la sección femenina. Antes, allí, cogió una blusa verde oliva con un pequeño bordado de una mariposa y me preguntó que cómo le quedaba. Le dije que le sentaba muy bien, que le pegaba, y sonrió para después dejarla de nuevo sobre el montón. Salimos de la galería en dirección a otro lugar que dijo que estaba mejor. Así estuvimos cerca de dos horas. Entrando y saliendo de muchas tiendas. Mirando (ella miraba, yo la miraba a ella) blusas y pantalones, bragas y sostenes, pañuelos, faldas y zapatos; y ella no se decidía por nada. Le dije si es que no iba a comprar nada (yo ya lo tenía todo, un pantalón y una chaqueta militar gastada) y me dijo que aun le faltaba por mirar y añadió: comprar es un arte y tú no eres un artista o al menos desconoces completamente el procedimiento. Ves una cosa y enseguida te lanzas y así no se compra en rebajas. Primero hay que verlo todo o al menos mirar mucho. Vas a una tienda, ves una blusa bonita y te la pruebas. En otra ves más blusas bonitas y después de varias tiendas y decenas de blusas puedes elegir la que más te gusta, así siempre aciertas. Pero y si en una de esas tiendas encuentras la blusa que mejor te sienta ¿no te la quedas inmediatamente?, pregunté. Nunca me ha pasado. Me quedé callado y tuve que admitirlo, su método no tenía nada que ver con el mío. Me faltaba mucho que aprender. Nos despedimos junto al parque y la dejé camino de los puestos ambulantes.

Dos semanas después regresé a la ciudad pero sin compañía (las rebajas estaban terminado). Con todos los lugares y tiendas grabados en mi cabeza me dispuse a efectuar las últimas compras. Al salir de la galería, rebosante de personas y bolsas, las piernas me temblaban y en mi mano no había bolsa alguna. Me dije que aun era temprano y recordé que mirar era la clave, mirar y mirar, y buscar y probar, y volver y mirar, y tenerlo todo en la cabeza. Aun desorientado pasé por delante de una cafetería y me detuve a tomar algo. Pedí un café y lo hice de un trago, no había tiempo que perder. Con el ánimo más elevado reanudé mi marcha a grandes zancadas, ignorando a todo el que se cruzaba en mi camino. En la ciudad, al entrar en el torrente humano que se desplaza por la avenida, me gusta jugar. El juego es sencillo, esquivar con pasos rápidos y cortos o dar quiebros y requiebros, entre el gentío según el caso. Todo vale, menos chocar. Abandoné la avenida girando a mano izquierda, luego de frente y otra vez a la derecha, y me introduje por una callejuela estrecha. Al pasar por el callejón, antes de llegar a la alameda, que comunicaba con el Gran Plaza (mi próximo destino) me detuve un instante, algo llamó mi atención. De pronto mi ruta programada se veía alterada, unos colores en tiza, una pizarra en el suelo, y buena música frenaron de golpe mis pasos. La flecha púrpura indicaba una dirección y las letras marfil decían ropa. Avancé unos pasos y encontré una puerta colorada y me asomé. Que distinto a la ordenada disposición de artículos textiles de la galería. ¿Qué clase de establecimiento trata sus productos con tan poca consideración?. En el interior, un hombre ojeaba unos papeles como despreocupado y a su alrededor reinaba el caos. La ropa, apilada por los rincones, bien colgando del techo o desparramada por montones sobre estanterías atestadas. Una pareja de adolescentes (al menos eso me parecían) se probaban camisetas y pantalones sobre su propia ropa, muy animados. Sonreí pero no me atreví a pasar. Ya me daba la vuelta para salir de aquel lugar cuando una voz a mi espalda preguntó si buscaba algo, a lo que dije que sólo curioseaba, que me había gustado el cartel de la entrada. Pues pasa y curiosea, desde la puerta no se ve nada. Así que entré. Como parecía una persona agradable (el tono de su voz lo afirmaba) pero algo descuidada en su aspecto, algo envejecido (como un vagabundo), le pregunté si tenía zapatos. No, no me suelen traer. Aquí tenemos ropa de segunda mano. ¿Entonces aquí no están de rebajas? Las rebajas en mi tienda son todo el año, prefiero trabajar con género que merece otra oportunidad. No le comprendo. Ya sabe, las prendas abundan. Cada temporada hay artículos nuevos por todas partes. No me interesan. Pero es ropa después de todo y usted vende ropa ¿no es así?, dije. No sólo ropa. Trabajo con prendas ya vividas, cada una con su historia. Todas juntas esperando vivir otras o servir de abrigo (según el caso). Extrañado por aquella observación quedé pensativo, sin duda lo debió notar porque dijo. Ande vaya, busque por ahí algo que le guste o le diga algo, le recomiendo que empiece por allí. Sí justo por allí, por el fondo (señalando hacia la penumbra). Ahora que estaba dentro y el hombre volvía a su tarea (ojear un tebeo de rastrillo) reparaba en la cantidad de pantalones y camisetas, de pañuelos y cazadoras, que por allí me rodeaban. De colores de otro tiempo, azules y amarillas, rojos, verdes y blancas, camisas floreadas y logotipos de la infancia. Cerré un momento los ojos y los recuerdos me asaltaron, tantos colores me aturdían. Entonces extendí mi mano izquierda (zurdo y ciego), la deslicé por la montonera pero sin rozar ninguna prenda, con los ojos bien cerrados, sintiendo solo el calor de las telas. Y en un punto mi mano agarró, abrí los ojos y rebusqué.

Read More 0 comentarios | Publicado por Jon edit post
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