Dos semanas después regresé a la ciudad pero sin compañía (las rebajas estaban terminado). Con todos los lugares y tiendas grabados en mi cabeza me dispuse a efectuar las últimas compras. Al salir de la galería, rebosante de personas y bolsas, las piernas me temblaban y en mi mano no había bolsa alguna. Me dije que aun era temprano y recordé que mirar era la clave, mirar y mirar, y buscar y probar, y volver y mirar, y tenerlo todo en la cabeza. Aun desorientado pasé por delante de una cafetería y me detuve a tomar algo. Pedí un café y lo hice de un trago, no había tiempo que perder. Con el ánimo más elevado reanudé mi marcha a grandes zancadas, ignorando a todo el que se cruzaba en mi camino. En la ciudad, al entrar en el torrente humano que se desplaza por la avenida, me gusta jugar. El juego es sencillo, esquivar con pasos rápidos y cortos o dar quiebros y requiebros, entre el gentío según el caso. Todo vale, menos chocar. Abandoné la avenida girando a mano izquierda, luego de frente y otra vez a la derecha, y me introduje por una callejuela estrecha. Al pasar por el callejón, antes de llegar a la alameda, que comunicaba con el Gran Plaza (mi próximo destino) me detuve un instante, algo llamó mi atención. De pronto mi ruta programada se veía alterada, unos colores en tiza, una pizarra en el suelo, y buena música frenaron de golpe mis pasos. La flecha púrpura indicaba una dirección y las letras marfil decían ropa. Avancé unos pasos y encontré una puerta colorada y me asomé. Que distinto a la ordenada disposición de artículos textiles de la galería. ¿Qué clase de establecimiento trata sus productos con tan poca consideración?. En el interior, un hombre ojeaba unos papeles como despreocupado y a su alrededor reinaba el caos. La ropa, apilada por los rincones, bien colgando del techo o desparramada por montones sobre estanterías atestadas. Una pareja de adolescentes (al menos eso me parecían) se probaban camisetas y pantalones sobre su propia ropa, muy animados. Sonreí pero no me atreví a pasar. Ya me daba la vuelta para salir de aquel lugar cuando una voz a mi espalda preguntó si buscaba algo, a lo que dije que sólo curioseaba, que me había gustado el cartel de la entrada. Pues pasa y curiosea, desde la puerta no se ve nada. Así que entré. Como parecía una persona agradable (el tono de su voz lo afirmaba) pero algo descuidada en su aspecto, algo envejecido (como un vagabundo), le pregunté si tenía zapatos. No, no me suelen traer. Aquí tenemos ropa de segunda mano. ¿Entonces aquí no están de rebajas? Las rebajas en mi tienda son todo el año, prefiero trabajar con género que merece otra oportunidad. No le comprendo. Ya sabe, las prendas abundan. Cada temporada hay artículos nuevos por todas partes. No me interesan. Pero es ropa después de todo y usted vende ropa ¿no es así?, dije. No sólo ropa. Trabajo con prendas ya vividas, cada una con su historia. Todas juntas esperando vivir otras o servir de abrigo (según el caso). Extrañado por aquella observación quedé pensativo, sin duda lo debió notar porque dijo. Ande vaya, busque por ahí algo que le guste o le diga algo, le recomiendo que empiece por allí. Sí justo por allí, por el fondo (señalando hacia la penumbra). Ahora que estaba dentro y el hombre volvía a su tarea (ojear un tebeo de rastrillo) reparaba en la cantidad de pantalones y camisetas, de pañuelos y cazadoras, que por allí me rodeaban. De colores de otro tiempo, azules y amarillas, rojos, verdes y blancas, camisas floreadas y logotipos de la infancia. Cerré un momento los ojos y los recuerdos me asaltaron, tantos colores me aturdían. Entonces extendí mi mano izquierda (zurdo y ciego), la deslicé por la montonera pero sin rozar ninguna prenda, con los ojos bien cerrados, sintiendo solo el calor de las telas. Y en un punto mi mano agarró, abrí los ojos y rebusqué.
La esperaba justo a la entrada del parque, no llevaba ni diez minutos allí cuando la vi junto a los puestos ambulantes. Entonces la llamé, se giró y con esa sonrisa esplendida que tiene levantó su mano como diciendo ahora voy y seguí esperando parado bajo la arboleda. Que resuelta entre tanta mercancía, ahora cogía una pulsera de conchas multicolores, preguntaba y la volvía a dejar entre las demás. Sin quitarse las gafas de sol, tocaba un pañuelo que le llamó la atención. No, le servía pero allí lo dejó. A los pocos minutos dejó de mirar y decidió acercarse al fin. Había quedado con ella para ir de compras. Las rebajas de Enero acababan de empezar y necesitaba algo de ropa, poca cosa, algún pantalón vaquero, alguna camiseta, quizás un jersey o una chaqueta (necesitaba unos zapatos). Después de hablar un poco sobre cómo nos iba, decidimos ponernos en marcha. Le conté que iba buscando y me dijo que no me preocupase que ella me llevaría a los sitios adecuados. Desde el parque nos adentramos en la ciudad, junto a la plaza estaba la galería. Que cantidad de gente todos con bolsas de plástico de colores cálidos andando de un lado a otro entre los escaparates. Por un momento mi corazón dejó de latir como cuando chico me solté de las manos de mi madre y me encontré repentinamente solo y sólo piernas de desconocidos que se deslizaban veloces a la altura de mis ojos. La sensación no se esfumó hasta que me dijo ven, mira eso, vamos dentro que aquí tienen ropa muy moderna. La luz blanca de la tienda era muy intensa y parpadeé. Ella seguía con sus gafas solares puestas así que no debió notar mis ojos cerrados. La respiración se me aceleró un poco más cuando una chica hermosa se nos acercó (la dependienta sin duda). Mientras las dos platicaban animadamente di unos pasos atrás y me giré para observar los colores que me rodeaban. Vamos, ven que te despistas. ¿Te gustan estos vaqueros?, me dijo. Si, están bien me los llevo. No, primero tienes que probártelos a ver cómo te sientan. Pero si son de mi talla y me gustan, repliqué. No sabes nada, anda vámonos. Dejamos la tienda después de ver la sección femenina. Antes, allí, cogió una blusa verde oliva con un pequeño bordado de una mariposa y me preguntó que cómo le quedaba. Le dije que le sentaba muy bien, que le pegaba, y sonrió para después dejarla de nuevo sobre el montón. Salimos de la galería en dirección a otro lugar que dijo que estaba mejor. Así estuvimos cerca de dos horas. Entrando y saliendo de muchas tiendas. Mirando (ella miraba, yo la miraba a ella) blusas y pantalones, bragas y sostenes, pañuelos, faldas y zapatos; y ella no se decidía por nada. Le dije si es que no iba a comprar nada (yo ya lo tenía todo, un pantalón y una chaqueta militar gastada) y me dijo que aun le faltaba por mirar y añadió: comprar es un arte y tú no eres un artista o al menos desconoces completamente el procedimiento. Ves una cosa y enseguida te lanzas y así no se compra en rebajas. Primero hay que verlo todo o al menos mirar mucho. Vas a una tienda, ves una blusa bonita y te la pruebas. En otra ves más blusas bonitas y después de varias tiendas y decenas de blusas puedes elegir la que más te gusta, así siempre aciertas. Pero y si en una de esas tiendas encuentras la blusa que mejor te sienta ¿no te la quedas inmediatamente?, pregunté. Nunca me ha pasado. Me quedé callado y tuve que admitirlo, su método no tenía nada que ver con el mío. Me faltaba mucho que aprender. Nos despedimos junto al parque y la dejé camino de los puestos ambulantes.
En el sueño el joven pasea por el campo, las suaves colinas verde azules pintadas en el horizonte. Un sol de primavera calienta pero no quema. Mientras recorre el camino observa y deambula tranquilo y marcha silbando, las manos en los bolsillos y el caminar seguro, hacia poniente. El camino discurre entre arboles a la derecha y el río a la izquierda. Al pasar un pequeño puente, la senda sube y se hace más empinada. Al final de la cuesta el chico se detiene. El paisaje de pradera y bosque queda atrás y delante la estepa se extiende, seca y azotada por remolinos de arena que se alzan a lo lejos. El joven suspira y se sienta sobre una piedra dispuesta para la ocasión. Es hora de tomar fuerzas. De su bolsa saca un trozo de pan y bebe un sorbo de la cantimplora. La estepa es seca y el río parece desaparecer en el horizonte. No parece un lugar muy hospitalario pero sabe que debe continuar. Siempre hacia poniente, es la ley. No está cansado y lleva el ritmo aunque dos (o quizás diez) millas atrás un tropezón le hizo caer y en la rodilla un corte de sangre seca rasgó su pantalón de pana. La herida quemó un poco pero eso no le iba a detener, debía continuar, es la ley. Viaja hacia poniente hasta el anochecer. El sol de la mañana ya es de mediodía y en la estepa seca se nota más la sed. Un sorbo más pero sin abusar. El río quedó muy atrás y no se puede volver. El camino por la estepa, cada vez más parecida a una sabana, se puebla de nuevas criaturas que corren paralelas y atraviesan a ratos el camino con grandes saltos. Gacelas, sin duda, pero a lo lejos un rugido que le hace temblar le indica que no solo los graciles herbívoros le acompañan. A unos pasos adelante una muralla arenosa divide el sendero y amenaza con envolverlo todo. Afortunadamente lleva un pañuelo para estos casos, como le habían recomendado. Antes se le ocurre humedecer el trapo con algo de agua de su cantimplora (lo vio en una película o en otra vida, ya no recuerda). La tormenta de arena no le deja ver nada más que sus pasos. Delante y detrás nada es visible. Va retrasado, eso al menos cree, pero adivinar si aun es de día o la noche está a punto de caer es dificil de saber. Tanta arena desorienta a cualquiera. Al rato (meses le parecen) parece que delante la atmósfera se aclara y la nube de polvo pierde fuerza. Se detiene un instante y suspira aliviado, aun es de dia y bajo sus pies la senda continua. No, no se ha perdido. Sin embargo el camino va perdiendo la horizontalidad para ir ganado verticalidad y la pendiente cada vez es más elevada, asi como más rocosa y abrupta y estrecha. La vereda de la montaña. ¿Cómo no haberlo sentido antes?. Con tanta arena era díficil verlo. Sólo las águilas que vuelan alto ven por encima de la tormenta. El joven quiso ser águila pero entonces sería libre y el viento sustentaría su vuelo. No hace frio aun pero el cansancio empieza a tomar forma. Primero en los pies para ir ascendiendo hacia la cadera, de ahi para abajo todo pesaba. No es frio solo cansancio. Se detiene a un lado y come un poco y bebe pero queda lo justo para un par de tragos. Despues se acabó. O encuentra agua o vendrá la sed. Al volver el recodo, el abismo a sus piés. No hay más camino. No más senda y la noche cae. Paralizado y exahusto debe volver pero detrás no hay camino. El abismo de nuevo. Es un sueño, ¡trata de volar!. Agita los brazos como hacen las águilas pero no hay fuerzas para más. Desde allí sólo una salida mientras contempla el oscuro y gélido aliento que se abre a sus pies. No tropieza, no se agarra para descender. Sabe que lo único que puede hacer es continuar. Da un paso y no grita mientras cae. Si hay fondo ya despertaré, se dice bajito y sin abrir los labios. En los sueños solo muere el alma, piensa cuando el miedo le estrangula con su garra. El cuerpo se empeña en respirar y latir así que la muerte no es muerte del todo. Sólo muere una parte de tí (con los ojos cerrados). En eso ocupa su mente en el descenso vertiginoso hacia el fondo lejano.
No recuerda el golpe, ya no es él aunque siga siendo el mismo. Todo está oscuro y hace tanto frío que descubre su respirar por el tintineo que producen los pequeños cristales, como lágrimas, al caer a su alrededor con cada suspirar.
No recuerda el golpe, ya no es él aunque siga siendo el mismo. Todo está oscuro y hace tanto frío que descubre su respirar por el tintineo que producen los pequeños cristales, como lágrimas, al caer a su alrededor con cada suspirar.
Tuna (furia del siglo XXI). Paseo de la Colonia, Águilas. Octubre, 2007.
Caminaba con mi paso apresurado, tirando de la cadena a todo lo que daba (odio la cadena que me retiene más de lo que quisiera) con mi amo tras de ella. Oliendo meadas y feromonas que me cuentan como anda el vecindario. El perro marrón chiquito no anda bien del estómago, pobre, debió comer pienso enlatado que revuelve el estómago hasta la nausea. Al pasar la palmera (una de las decenas que hay por aquí), vi acercarse un grupo de la especie de mi amo, aunque no eran de su clase (mi amo es raro y peculiar). Estos olían diferentes, no sé, como más añejos. Dos hembras y un macho. Al pasar a nuestro lado una de las hembras, vestida de negro, comentaba en voz alta: pues al menos eran cinco, cuatro municipales y dos nacionales. Entonces serían seis, querida, le corrigió la otra mujer. Pues seis, que más da, y aun así les dio de lo suyo, decía la mujer enlutada. Bueno tampoco debió de ser para tanto porque tu hijo llevaba la ropa desgarrada por todos lados y la camisa llenetica de sangre, le volvía a decir la amiga y añadió: ¡es que tu nene no tiene cabeza!. Si, pero ellos eran seis. El macho de pelo blanco asentía como ausente.
© Copyright Corrientes. All rights reserved.
Designed by FTL Wordpress Themes | Bloggerized by FalconHive.com
brought to you by Smashing Magazine
