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Corrientes

Anda ya

Café solo

Muchas tardes las solía pasar sentado junto al mar, el mar siempre ha ocupado un lugar especial que explica lo que soy. En algunas culturas (en la mía también) es sinónimo de locura y posiblemente lo sea. Desde pequeño he estado loco, al menos eso pensaba mi madre cuando alguien me regresaba de vuelta a casa vestido, chorreando de la cabeza a los pies y le decía a mi sufrida madre donde me había encontrado y que era una suerte que no estuviese en el cielo con los angelitos, descansando en paz. Recuerdo a mi madre llorando y tratando de explicarme que eso de tirarse al agua sin saber nadar estaba muy mal y yo que la quería mucho le decía que no iba a hacerlo más, pero en cuanto se descuidaba, me volvía a escapar y me lanzaba de nuevo al agua. Una vez me desnudé completamente antes de zambullirme, por aquello de no mojar la ropa y darle un disgusto a mi mamá, pero de todos modos se enteró cuando llamé a la puerta desnudo y empapado, y con la ropa debajo del brazo, eso sí bastante más seca que yo. Ya desesperada me tuvo delante de la puerta del piso donde vivíamos, desnudo y solo, hasta que le jurase que no volvería a hacerlo más. Por aquel entonces aun no había cumplido los tres años y parecía que nunca los iba a llegar a cumplir. Esos y otros recuerdos rondaban mi cabeza sentado en la cafetería que hay al final del paseo a escasos metros de la playa. Han pasado tres décadas desde que comenzó esa relación de atracción entre el agua y yo, y sé como acabará, siempre lo he sabido. Allí sentado debajo de una sombrilla y contemplando la quietud verde azulada del Mediterráneo esperaba a que la camarera me trajese el café de todas las tardes. Y es que el café de las tardes no es más que una amarga y estimulante excusa, entre las pocas ganas de estudiar y las muchas de permanecer atento a los colores variados de mi locura.

A esas tempranas horas de la tarde cerca de la mesa, algunos críos y crías corretean bajo la atenta supervisión de sus madres, que no dudan a la hora de soltarles alguna que otra reprimenda pensando en que están montando demasiado barullo, y los niños con cara de susto, que al instante olvidan, para seguir con sus carreras y persecuciones. Al rato llegó la camarera con el café, en poco tiempo lo haría Juanjo, un amigo al que esperaba. Juanjo trabaja en el archivo del ayuntamiento y muchas veces bromeo con él imaginando un sótano apenas iluminado por las luces de las velas, con telarañas en la paredes y una gran reja oxidada como puerta principal donde se esconde una mazmorra húmeda y silenciosa, como la de los viejos castillos o las galerías bajo el suelo de Roma (en donde nunca he estado), donde se guardan los escritos y papeles que todo el mundo ha olvidado. El suele reír tal vez por la idea de estar en Roma o por trabajar en una catacumba moderna. A Juanjo sin embargo lo que más le apasiona es el cine y de eso y otras cosas solemos charlar. Mientras esperaba su llegada le di un sorbo al café, y mis recuerdos viajaron de nuevo. Esta vez no fueron sólo en el tiempo, sino también por el espacio, hasta los campos de encinas del país vecino, hasta la plaza del pueblo de Portalegre, y al rostro y al cuello con sabor a chocolate amargo, de la que me enseñó a saborear café. Y es que el café no es igual en todas partes ,como hasta no hace mucho ignoraba, sino que cambia y muta de lo quemado a lo tostado, de lo aguado a un suspiro, de lo insípido al chocolate. Llega Juanjo y se sienta, abro lo ojos y bajo la taza, me ha pillado en mitad de un sorbo y mi mente aun seguía en Portugal. Mientras esperaba a que la chica le trajese lo suyo (un cortado con la leche fría), aproveché para contarle una historia que un día escapó, de los labios de sabor cacao y que contaba: ¿sabes por qué me gusta tomar café en este sitio?, a lo que mi amigo respondió que no, que ni idea, pues resulta que en Portugal, muy cerca de la frontera y en mitad de la nada, hay un pueblo pequeño rodeado de encinas y campos sin cultivar, y allí ,y no en otra parte, hacen el mejor café del mundo o eso dicen los de por allí, y resulta que aquí tienen la misma marca,y seguí diciéndole. No es que yo sea un entendido en esto del café y sus matices, pero cuando tuve la oportunidad de probarlo, el primer sorbo me transportó a lugares húmedos y calientes , y llenos de pájaros multicolores. Hasta entonces nunca un sorbo de nada me había producido tal sensación más bien todo lo contrario, me había provocado como mucho un pescozón en la nuca, nada parecido a viajar sin equipaje. Desde aquel descubrimiento, le confesaba, el resto del tiempo que estuve en Portugal, me pasaba el rato observando como vivían aquella experiencia los habitantes del país vecino. Al principio en cada pueblo y ciudad que visitaba, por distintas razones, ya fuese por el trabajo o por la curiosidad o por señales invisibles que hacen que te detengas en un lugar y pases de largo por otros, elegía una cafetería y me sentaba. Como aprendiz suponía que en las cafeterías del centro, las de las plazas, las de al lado de los ayuntamientos, las de los parques con jardines, con sus camareros vestidos para la ocasión con pantalones negros y camisa blanca inmaculada, con sus bandejas redondas y relucientes, y sus delantales rojos, siempre con una sonrisa y un trato esmerado, donde te podías sentar y contemplar el paisaje, y las chicas guapas entrando y saliendo, era donde servirían un estupendo café, como aquel que te transporta con un sorbo, pero no lo lograba. No es que no estuviesen buenos, que lo estaban, pero a todos les faltaba algo que no consigo explicar. Observando a mí alrededor, después de muchos cafés y con los sentidos ya más despiertos por los ríos de cafeína de las últimas semanas, me di cuenta de que algo se me estaba escapando. Las personas que me acompañaban, de forma anónima en aquellas cafeterías , no expresaban en sus rostros nada especial al dar un sorbo o al beberlos de un tirón; unos grises, otros con prisa y muchos turistas. Allí no estaba mi café, no al menos el que andaba buscando, mi búsqueda parecía que se encontraba en un callejón sin salida. No fue hasta una tarde de febrero, no muy fría y soleada, acompañando a un colega a vender productos para las plantas (vendía bichos que se comen a otros bichos) en una tienda del Barrio Alto de Lisboa, donde venden naranjas y miel a ritmo de reggae, cuando topé con el destino. Los que la llevan (la tienda de las maravillas) son un español y un portugués amantes de las hierbas y que al cabo del rato, me enseñaron el secreto. Era la hora de cierre, y como no teníamos prisa, y la noche se deslizaba por las callejuelas del barrio, decidimos ir a tomar un café por allí cerca. Ya en la puerta, cerrando el establecimiento, sugerí tomarlo en un sitio de moda que estaba cerca y que tenía buen ambiente (y buen café eso pensaba yo), a lo que respondieron cortésmente que no, que aquel sitio era una mierda para tomar café ,y que si quería un buen café nos fuésemos con ellos. Mi amigo no estaba tan seguro, pero él no tomaba café (tomaba té), así que les acompañé. No sé cuantas vueltas dimos por ese laberinto de Lisboa al que llaman El Barrio, pero ya cuando todo apuntaba a que estábamos perdidos, paramos a la puerta de un local. La calle olía a flores y meada, nada nuevo, pero sí lo era el que estuviésemos en una zona apartada y oscura, donde si siendo forastero no sientes un escalofrío, es que no lo eres. El lugar ideal para desaparecer sin dejar rastro. El local, como los alrededores, oscuro y rojo, estrecho, y según para quien ,maloliente y sucio, la némesis de las cafeterías. Sentados en los pocos taburetes o distribuidos por las cuatro mesas, junto a las paredes donde colgaban fotos antiguas de un remoto pasado futbolístico y una virgen, los clientes se acomodaban. La clientela era variada y singular: ejecutivos, putas, escritores, ladrones, dos chicas extranjeras salidas de Alicia en su país, vagabundos, algún bohemio solitario y un cura, todos de la cueva de Ali Baba. Detrás de la barra, un tipo de aspecto sumamente descuidado, parecía disgustado con algo, pues a cada tímido y susurrante pedido, apartaba la mirada del interlocutor y rumiaba cualquier cosa entre dientes. Peleado con la vida y con él mismo (o con una mujer). Ya me acercaba a la barra cuando Bruno me sujetó y dijo que no, ya pido yo, déjame a mí que eres nuevo aquí. Bruno aguardaba paciente a que aquel barbudo grotesco y lleno de lamparones, apartase su concentración de la máquina humeante, por la que salía, de su parte superior, un chorro de vapor rojizo y por la inferior, la sangre oscura a las tacitas de porcelana. Tres cafés pidió Bruno y el barbudo desarrapado ni siquiera lo miró, pero sí giró el corpachón hacia su máquina, mascullando por lo bajo. Desde donde me encontraba no era posible observar el proceso al detalle, pero los movimientos antes hoscos y malhumorados con la loza y el fregadero, y el lenguaje seco y altisonante con los parroquianos (a los que despreciaba), parecían suavizarse y volverse cálidos y precisos, mientras manejaba la cafetera salida del infierno o rescatada de un naufragio. Al dar mi primer sorbo, la selva volvió a mi paladar, al segundo, la vuelta al mundo.

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La Fotografía



Entre las cuatro y las cinco, los días entre semana, me quedo en el segundo piso del Casino estudiando o mejor recordando lo que hace años estudié y que no acaba, la ciencia de la vida. Hace años, cuando aun me empeñaba en estudiar medicina, y soñaba con aprender ese arte que sana los cuerpos, una maestra y una tragedia por venir torcieron mis intenciones, pero esa es otra historia. Con el tercer peor expediente (todavía tengo pesadillas que me dicen que no, que me queda una asignatura por terminar) di por finalizados mis estudios. Así de preparado subo las escaleras, y así de inseguro afronto la prueba por venir. Así también el primer día que fui a esa biblioteca, o más bien sala de lectura, al franquear la puerta al final de un pasillo con el suelo de madera, mi mente se fugó un instante a tiempos pasados, donde libros y estudiantes se mezclaban buscando respuestas, sin conocer las preguntas. Y el desear levantarme y marcharme, porque mi cabeza no estaba en lo que estaba, y a abrir una ventana y coger aire, y decirle a la chica de al lado, que afuera es primavera y que esto puede esperar. Me cuesta concentrarme en una biblioteca y con ese ánimo abría la puerta. El primer día, apenas levanté la cabeza de mis apuntes, el segundo, la levanté para mirar a mi alrededor, a la semana de seguir concentrado, apenas me sentaba en la silla (pocas veces la misma) y comprender que efectivamente no me distraía con nada, supe que era mi sitio, o que yo y el sitio, habíamos establecido un pacto de esos que se establecen entre seres inanimados y resto de seres. El lugar me daba quietud y yo le daba utilidad. Salvo un anciano de pelo blanco y semblante amable, yo era el único que ocupaba esa sala de lectura las tardes entre semana, el anciano siempre estaba allí y le llamaré Ramón (desconozco su verdadero nombre). A pesar de los años, en sus ojos hay un brillo especial de juventud, genio y curiosidad. Ramón es el encargado de abrir y cerrar la sala de estudio o contemplación, cada cual le da la utilidad que busca. Se sienta frente a una pequeña mesa, que tiene un ordenador de sobremesa y varios objetos alrededor, lapiceros, papeles, impresora, unos pequeños altavoces y una lámpara azul. De vez en cuando, de los altavoces sale el sonido de una canción, muy bajito, apenas perceptible, y desde luego no tanto, como para distraer ni molestar a los oídos cansados de muchos conciertos y locales atronadores. Las primeras veces no fui capaz de reconocer ninguna melodía, pero un día que debió dejar el volumen más alto, alcancé a reconocer la música de El Padrino. Sobre las siete y media, todos los días, aparece un amigo suyo que abre la puerta sin hacer ruido, y toma una silla y se sienta a su lado, y charlan de sus cosas en silencio, hasta que los dejo allí solos, en la sala, contándose sus vidas. Acompañado por la música que se deslizaba por la sala, mis ojos se apartaron de los apuntes, y recorrieron la estancia. Es un bonito lugar, con libros ordenados en las estanterías pegadas a la pared, de ventanales pintados de blanco por donde entra la luz generosa, y un olor a madera vieja que se desprende por cada rincón. Mi rutina, al contrario que la de Ramón, es menos interesante y se detiene a las seis, cuando la nicotina me llama y me saca a la calle a fumar un pitillo, y al terminar, me lleva de nuevo arriba y me quedo hasta que entra el amigo de Ramón, al que llamaré José. Hora en la que decido que por hoy ya está bien, y recojo los apuntes, y me despido, hasta el día siguiente.

Una tarde, a la puerta del edificio, un señor bastante mayor preguntó si podía pasar a echar un vistazo. Un poco extrañado no supe que decirle, allí solo soy un visitante ocasional, no pertenezco a ese lugar, no trabajo allí, solo soy un espectador más. Por fin y viendo que esperaba una respuesta, le dije que sí, que claro que podía pasar, pero le advertí que a esa hora no encontraría a nadie dentro, excepto quizás, al anciano de la biblioteca en el piso de arriba, a donde yo me dirigía. El señor mayor, al que llamaré Antonio, sonrió mientras contaba que hacía mucho tiempo (cuarenta años atrás) que no venía al pueblo, y que allí esperaba (sin mucha convicción) encontrar a alguien familiar. También hizo alguna referencia a lo cambiado que estaba todo, y que el Casino, después de observar la escalera de entrada con el rabillo del ojo, seguía igual (y eso parecía tranquilizarle). Juanjo se marchó y entré con Antonio. Mientras subía las escaleras, el anciano admiraba los salones del primer piso, y allí lo dejé. Llevaba una media hora sumergido en mis apuntes de biología, cuando la puerta de la sala se abrió. Ramón, sentado frente a su ordenador, se giró para ver quien perturbaba sus quehaceres a esas horas. Parado en la puerta Antonio lo miraba expectante. Buenas tardes, dijo el señor junto a la puerta, ¿no sabes quien soy?. Ramón lo escrutaba extrañado, tratando de recordar quien era aquella figura tan mayor como él, que parecía saber su nombre. Al poco, la cara de Ramón cambió de manera súbita, y rompiendo el silencio de aquellas paredes (roto sólo por la música de cine), acertó a decir preso de una intensa emoción, Antonio ¿eres tú?. Si Ramón, soy yo. Ramón se levantó, con una energía que hasta aquel instante ignoraba que tuviese, para fundirse en un abrazo con su amigo, para a continuación desaparecer en animada charla, por el pasillo de madera. En la sala me quedé yo, una sonrisa y mis pensamientos. Un rato después la puerta volvió a abrirse, esta vez sólo entraba Ramón. En su rostro había pura felicidad animado como un chaval, hasta entonces nunca lo había visto así, rompiendo el silencio de aquella sala. ¡Antonio que alegría, Antoñico! Lo observaba y no pude más que sonreír. Se sentó en su escritorio y me habló todavía alterado. Hasta ese instante, mis conversaciones con Ramón, se habían limitado a un hola buenas tardes, y adiós hasta mañana. ¿Sabe? era mi amigo Antonio, dijo. ¿Ah si?,le dije, me lo encontré en la puerta del Casino hace un rato, y me preguntó si había alguien por aquí. Que alegría el verle, hacía tanto tiempo... a ver espere, mire, creo que tengo una foto suya, déjeme buscarla en el ordenador. Le dije que adelante, que la buscase, mientras trataba de volver a concentrarme en el precámbrico pero sin conseguirlo (poco importaba). Al rato, sacando su cabeza de detrás de la pantalla, me pidió que me acercase a su escritorio. Mire, mire esta es la fotografía. Una foto de colores sepia, ocupaba toda la pantalla, y en ella, tomada hace muchos años en la arena de un coso taurino, cerca de la barrera, aparecían tres jóvenes de unos veinte años. Dos de ellos vestían de marinos en la mili y el otro, en el centro, de futbolista. Este es Antonio, me decía señalando al que vestía de deporte, jugaba de extremo en el Mallorca, decía orgulloso. ¿Y usted, quién de los dos es?, ¿es este? Pregunté. No, no ese es el cabo Fernández. Este soy yo, señalando al otro joven que quedaba. Salen muy bien ustedes tres en esa foto, le decía mientras él asentía. Regresé a mi sitio despacio mientras Ramón ponía en marcha su impresora, pues quería una copia en papel de su amigo. Esa tarde, a las siete y media, la puerta de la sala se volvió a abrir (por segunda vez aquel día) y entró José, tomó una silla, sin hacer ruido, para acomodarse junto a su amigo, para charlar sobre sus cosas como todas las tardes. Recogí mis apuntes y me despedí de ellos hasta mañana, y los ojos de Ramón brillaban todavía.

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MANUAL PRÁCTICO PARA PECES DE OCÉANO. Capítulo tercero: El anzuelo



Una vez me ocurrió, que terrible experiencia, aunque claro se aprende a cada golpe de aleta, ahí quedan las cicatrices. El brillo metálico de la superficie (la enemiga) apenas un destello anaranjado, la noche daba paso al día y toda la pasé sin despegarme de mi sitio. Por encima todo estaba tranquilo, tranquilo por debajo, tranquilo también a los lados. Si bien mirar a la derecha aun me mareaba un poco, a la izquierda el gran azul. Nadar en la periferia del banco tiene estos inconvenientes, nadar con un ojo abierto y el otro cerrado, a guiños con el destino. Aletear en el perímetro, sin perder el sitio, desconcierta a no pocos arenques recién llegados. No hacía ni tres días que nadaba en el banco y aunque el primer día estaba situado en su interior, rodeado de hembras, y encantado por el caleidoscópico espectáculo que se desplegaba alrededor, de brillos y destellos como de luciérnagas plateadas, pero aquel primer día me aguardaba una sorpresa, cuando en un giro brusco perdí la vez. Mi confortable y segura posición, junto a aquellas hembras tan ágiles como hermosas, era historia. Me las vi y deseé para no ahogarme entre tanta turbulencia y cuando creí perder el sentido cerca ya del desmayo, una última voltereta, una sacudida violenta y desperté. Con horror contemplaba aturdido como mis congéneres se alejaban y me dejaban atrás. El banco ahora oscuro, a una decena de metros por delante, se agitaba terrible como una nube negra en la tempestad recorrida por ondas de centella, que visión si no estuviese en situación tan delicada. Los destellos plateados como de rayos en la tormenta, recorrían los flancos del banco en rápidas ráfagas que se alejaban de mí (aterrorizado y fascinado al mismo tiempo). Atontado todavía, noté que el pánico me dominaba y que afloraba en mi interior una fuerza desconocida. Mi aleta caudal no parecía la que yo recordaba, agitándose vertiginosamente de izquierda a derecha, mientras mis ojos aturdidos, trataban de no perder de vista los relámpagos que se perdían. Todo mi ser se desplazaba como un cohete submarino en frenética y rectilínea trayectoria hacia la salvación.

Cuando por fin alcancé a los míos, tragaba grandes bocanadas de agua marina, en busca de aliento, sacándome el tremendo susto de encima. Pasaron varias horas hasta comprender que algo esencial había cambiado tras la estampida, ya no estaba dentro, nadando junto a las sirenas, ahora nadaba por fuera. Desaliento.

Después de aquello, tardé bastante rato en sobreponerme y coger de nuevo el ritmo natatorio, aleteaba por instinto y eso cansa demasiado. A mi derecha el compañero de banco cambiaba a cada instante, a mi izquierda el paisaje amenazante del gran azul me orientaba y advertía: por aquí no, por aquí estás solo y para un arenque de mi especie, la soledad es mortífera. Así pasaron las horas y dos jornadas hasta que el hambre atroz me devolvió a mis pensamientos y con ellos un nuevo ritmo, el ritmo del banco, el ritmo de mis hermanos. Ya no nadaba sin propósito particular y mis aletas en sincronía, le devolvían a mi ojo de pez, la mirada del otro.

A veces trataba de adelantarme un poco al resto o sacar siquiera una cabeza a mi par, echaba un vistazo rápido al oscuro azul y me retrasaba de nuevo al sitio. Tres jornadas y nada de comer, el banco avanzaba girando levemente, unas veces subiendo otras bajando, sin brusquedad, mecido por la corriente. Serían las ocho y treinta y tres cuando el olor dulzón se coló por entre mis branquias, venía de estribor o por la izquierda si se mira de cabeza a cola, de eso estaba seguro, pero mis compañeros seguían su rumbo sin variar la dirección. El olor se acercaba y se alejaba, haciendo que mis intestinos crujiesen. No había duda, algo delicioso flotaba cerca. Todo ocurrió de prisa, el brillo y el olor al mismo tiempo, como de invitación perfumada. No pude más, el hambre ganaba al miedo cuando abandoné a mis compañeros. Un salto rápido, pensé.Ya sabía como volver, mi aleta se encargaría de todo, como antes, a toda pastilla. En el salto no iba solo, tres más en pos de aquel manjar cercano pensamos en lo mismo. Iba a haber competencia y uno más joven o más desesperado se adelantó unos metros, más rápido, me dije, más rápido o te quedas sin nada. Casi lo alcanzaba cuando de pronto se puso a saltar, giraba y giraba, contorsionándose como una pescadilla mordiéndose la cola, en un baile salvaje de vueltas y revueltas, el torbellino del placer, me dije y la envidia (nada sana) me asaltó: que cabrón como goza, ¿qué le pasa a la puta de mi cola?. Decepcionado, un instante no más, aminoré la marcha. Aun le observaba celoso, en su baile ascendente, cuando el dulzor me atrapó de nuevo. Esta vez a pocos metros, por debajo de mí. Esta vez no se me escapa. De un golpe de aleta me arranqué a nadar de nuevo. Ahí estaba, a dos palmos escasos, brillando y oliendo como un regalo celeste. Abrí la boca y me deslicé de lado y entonces bailé. El dolor era insoportable, ahí no había dulzor que degustar, solo el ardiente frío que atravesaba mi boca, el regusto a sangre y mi cuerpo que se retorcía sin control. El dolor era agudo y no cesaba, traté de girar, de saltar, de ir hacia abajo, hacia la izquierda, en una danza maldita hacia cualquier sitio que acabase aquella tortura. Nada. Cualquier esfuerzo aumentaba mi desdicha. Así que me detuve casi por completo, esperando calmar mi dolor. Por encima a unos metros, mi joven compañero seguía girando y luchando. Ya inmóvil traté de avisar al que faltaba pero no se me ocurría la forma de hacerlo así que no hice nada, tan solo observar sus titubeantes movimientos ante la situación creada. Pensé que quizás tendría mejor suerte que nosotros, me equivocaba. El vernos debatir por la carnaza y el baile espasmódico que lo acompañaba, no hizo sino excitar aun más su curiosidad y al divisar otro de aquellos objetos se precipitó sin dudarlo, sin pensar siquiera. Cerré los ojos para no verlo y al volverlos a abrir supe que estábamos perdidos. Pasaron fragmentos congelados de tiempo, muy quieto, a verlas venir, y nada cambiaba excepto que al buscar al primer compañero, noté con cierto pavor, que ya no estaba. Sólo dos de nuevo, mi nuevo compañero bregando inútilmente con aquello y yo mismo sin hacer nada. El quedarse quieto funciona al principio, pues calma el dolor. Pero al poco sentía que me asfixiaba de tanto relajo y debía moverme, y cada vez que me movía el dolor, como un filo que traspasa, regresaba de nuevo. Menuda trampa, no había salida. Si me muevo, el dolor me aturdía. Si me quedo quieto, me ahogaba. Entonces me sumí en el sueño sin oxígeno, donde venían de visita las figuras iridiscentes, y ya no tuve frío.

Ya muerto, el terror se diluye en el azul profundo. La muerte sabe a harina de pescado y gusanos platelmintos, a zumo de mar. Boquiabierto contemplaba las formas que me rodeaban, medusas fantasmales, pólipos y estrellas de otro mundo. De entre todas, una forma oscura y gigantesca avanzaba con lentitud, apartando lo luminiscente de su camino, alejando las criaturas que en torno a mí se agolpaban. La enorme cola del leviatán oscuro, provocaba y extendía enormes ondas de presión submarina, y de su boca que todo lo tragaba, un lamento musical de sinfonía llegó a penetrar mi inanimado cuerpo. Serenata de un tiempo que no es tiempo y que no pertenece a nada. La melodía fragmentada que me devolvían el dolor y la rabia. Entonces desperté clavado al anzuelo. Y la sombra se llevó a la muerte y le supliqué que no me abandonara, le grité que me llevara pero se alejaba, y olvidé el dolor pero no la rabia. Cerré con fuerza mi boca de arenque herida y se me rasgó la mejilla. Estaba libre.

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Blusas y zapatos

La esperaba justo a la entrada del parque, no llevaba ni diez minutos allí cuando la vi junto a los puestos ambulantes. Entonces la llamé, se giró y con esa sonrisa esplendida que tiene levantó su mano como diciendo ahora voy y seguí esperando parado bajo la arboleda. Que resuelta entre tanta mercancía, ahora cogía una pulsera de conchas multicolores, preguntaba y la volvía a dejar entre las demás. Sin quitarse las gafas de sol, tocaba un pañuelo que le llamó la atención. No, le servía pero allí lo dejó. A los pocos minutos dejó de mirar y decidió acercarse al fin. Había quedado con ella para ir de compras. Las rebajas de Enero acababan de empezar y necesitaba algo de ropa, poca cosa, algún pantalón vaquero, alguna camiseta, quizás un jersey o una chaqueta (necesitaba unos zapatos). Después de hablar un poco sobre cómo nos iba, decidimos ponernos en marcha. Le conté que iba buscando y me dijo que no me preocupase que ella me llevaría a los sitios adecuados. Desde el parque nos adentramos en la ciudad, junto a la plaza estaba la galería. Que cantidad de gente todos con bolsas de plástico de colores cálidos andando de un lado a otro entre los escaparates. Por un momento mi corazón dejó de latir como cuando chico me solté de las manos de mi madre y me encontré repentinamente solo y sólo piernas de desconocidos que se deslizaban veloces a la altura de mis ojos. La sensación no se esfumó hasta que me dijo ven, mira eso, vamos dentro que aquí tienen ropa muy moderna. La luz blanca de la tienda era muy intensa y parpadeé. Ella seguía con sus gafas solares puestas así que no debió notar mis ojos cerrados. La respiración se me aceleró un poco más cuando una chica hermosa se nos acercó (la dependienta sin duda). Mientras las dos platicaban animadamente di unos pasos atrás y me giré para observar los colores que me rodeaban. Vamos, ven que te despistas. ¿Te gustan estos vaqueros?, me dijo. Si, están bien me los llevo. No, primero tienes que probártelos a ver cómo te sientan. Pero si son de mi talla y me gustan, repliqué. No sabes nada, anda vámonos. Dejamos la tienda después de ver la sección femenina. Antes, allí, cogió una blusa verde oliva con un pequeño bordado de una mariposa y me preguntó que cómo le quedaba. Le dije que le sentaba muy bien, que le pegaba, y sonrió para después dejarla de nuevo sobre el montón. Salimos de la galería en dirección a otro lugar que dijo que estaba mejor. Así estuvimos cerca de dos horas. Entrando y saliendo de muchas tiendas. Mirando (ella miraba, yo la miraba a ella) blusas y pantalones, bragas y sostenes, pañuelos, faldas y zapatos; y ella no se decidía por nada. Le dije si es que no iba a comprar nada (yo ya lo tenía todo, un pantalón y una chaqueta militar gastada) y me dijo que aun le faltaba por mirar y añadió: comprar es un arte y tú no eres un artista o al menos desconoces completamente el procedimiento. Ves una cosa y enseguida te lanzas y así no se compra en rebajas. Primero hay que verlo todo o al menos mirar mucho. Vas a una tienda, ves una blusa bonita y te la pruebas. En otra ves más blusas bonitas y después de varias tiendas y decenas de blusas puedes elegir la que más te gusta, así siempre aciertas. Pero y si en una de esas tiendas encuentras la blusa que mejor te sienta ¿no te la quedas inmediatamente?, pregunté. Nunca me ha pasado. Me quedé callado y tuve que admitirlo, su método no tenía nada que ver con el mío. Me faltaba mucho que aprender. Nos despedimos junto al parque y la dejé camino de los puestos ambulantes.

Dos semanas después regresé a la ciudad pero sin compañía (las rebajas estaban terminado). Con todos los lugares y tiendas grabados en mi cabeza me dispuse a efectuar las últimas compras. Al salir de la galería, rebosante de personas y bolsas, las piernas me temblaban y en mi mano no había bolsa alguna. Me dije que aun era temprano y recordé que mirar era la clave, mirar y mirar, y buscar y probar, y volver y mirar, y tenerlo todo en la cabeza. Aun desorientado pasé por delante de una cafetería y me detuve a tomar algo. Pedí un café y lo hice de un trago, no había tiempo que perder. Con el ánimo más elevado reanudé mi marcha a grandes zancadas, ignorando a todo el que se cruzaba en mi camino. En la ciudad, al entrar en el torrente humano que se desplaza por la avenida, me gusta jugar. El juego es sencillo, esquivar con pasos rápidos y cortos o dar quiebros y requiebros, entre el gentío según el caso. Todo vale, menos chocar. Abandoné la avenida girando a mano izquierda, luego de frente y otra vez a la derecha, y me introduje por una callejuela estrecha. Al pasar por el callejón, antes de llegar a la alameda, que comunicaba con el Gran Plaza (mi próximo destino) me detuve un instante, algo llamó mi atención. De pronto mi ruta programada se veía alterada, unos colores en tiza, una pizarra en el suelo, y buena música frenaron de golpe mis pasos. La flecha púrpura indicaba una dirección y las letras marfil decían ropa. Avancé unos pasos y encontré una puerta colorada y me asomé. Que distinto a la ordenada disposición de artículos textiles de la galería. ¿Qué clase de establecimiento trata sus productos con tan poca consideración?. En el interior, un hombre ojeaba unos papeles como despreocupado y a su alrededor reinaba el caos. La ropa, apilada por los rincones, bien colgando del techo o desparramada por montones sobre estanterías atestadas. Una pareja de adolescentes (al menos eso me parecían) se probaban camisetas y pantalones sobre su propia ropa, muy animados. Sonreí pero no me atreví a pasar. Ya me daba la vuelta para salir de aquel lugar cuando una voz a mi espalda preguntó si buscaba algo, a lo que dije que sólo curioseaba, que me había gustado el cartel de la entrada. Pues pasa y curiosea, desde la puerta no se ve nada. Así que entré. Como parecía una persona agradable (el tono de su voz lo afirmaba) pero algo descuidada en su aspecto, algo envejecido (como un vagabundo), le pregunté si tenía zapatos. No, no me suelen traer. Aquí tenemos ropa de segunda mano. ¿Entonces aquí no están de rebajas? Las rebajas en mi tienda son todo el año, prefiero trabajar con género que merece otra oportunidad. No le comprendo. Ya sabe, las prendas abundan. Cada temporada hay artículos nuevos por todas partes. No me interesan. Pero es ropa después de todo y usted vende ropa ¿no es así?, dije. No sólo ropa. Trabajo con prendas ya vividas, cada una con su historia. Todas juntas esperando vivir otras o servir de abrigo (según el caso). Extrañado por aquella observación quedé pensativo, sin duda lo debió notar porque dijo. Ande vaya, busque por ahí algo que le guste o le diga algo, le recomiendo que empiece por allí. Sí justo por allí, por el fondo (señalando hacia la penumbra). Ahora que estaba dentro y el hombre volvía a su tarea (ojear un tebeo de rastrillo) reparaba en la cantidad de pantalones y camisetas, de pañuelos y cazadoras, que por allí me rodeaban. De colores de otro tiempo, azules y amarillas, rojos, verdes y blancas, camisas floreadas y logotipos de la infancia. Cerré un momento los ojos y los recuerdos me asaltaron, tantos colores me aturdían. Entonces extendí mi mano izquierda (zurdo y ciego), la deslicé por la montonera pero sin rozar ninguna prenda, con los ojos bien cerrados, sintiendo solo el calor de las telas. Y en un punto mi mano agarró, abrí los ojos y rebusqué.

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Al caer me deje las zapatillas (1ª parte)

En el sueño el joven pasea por el campo, las suaves colinas verde azules pintadas en el horizonte. Un sol de primavera calienta pero no quema. Mientras recorre el camino observa y deambula tranquilo y marcha silbando, las manos en los bolsillos y el caminar seguro, hacia poniente. El camino discurre entre arboles a la derecha y el río a la izquierda. Al pasar un pequeño puente, la senda sube y se hace más empinada. Al final de la cuesta el chico se detiene. El paisaje de pradera y bosque queda atrás y delante la estepa se extiende, seca y azotada por remolinos de arena que se alzan a lo lejos. El joven suspira y se sienta sobre una piedra dispuesta para la ocasión. Es hora de tomar fuerzas. De su bolsa saca un trozo de pan y bebe un sorbo de la cantimplora. La estepa es seca y el río parece desaparecer en el horizonte. No parece un lugar muy hospitalario pero sabe que debe continuar. Siempre hacia poniente, es la ley. No está cansado y lleva el ritmo aunque dos (o quizás diez) millas atrás un tropezón le hizo caer y en la rodilla un corte de sangre seca rasgó su pantalón de pana. La herida quemó un poco pero eso no le iba a detener, debía continuar, es la ley. Viaja hacia poniente hasta el anochecer. El sol de la mañana ya es de mediodía y en la estepa seca se nota más la sed. Un sorbo más pero sin abusar. El río quedó muy atrás y no se puede volver. El camino por la estepa, cada vez más parecida a una sabana, se puebla de nuevas criaturas que corren paralelas y atraviesan a ratos el camino con grandes saltos. Gacelas, sin duda, pero a lo lejos un rugido que le hace temblar le indica que no solo los graciles herbívoros le acompañan. A unos pasos adelante una muralla arenosa divide el sendero y amenaza con envolverlo todo. Afortunadamente lleva un pañuelo para estos casos, como le habían recomendado. Antes se le ocurre humedecer el trapo con algo de agua de su cantimplora (lo vio en una película o en otra vida, ya no recuerda). La tormenta de arena no le deja ver nada más que sus pasos. Delante y detrás nada es visible. Va retrasado, eso al menos cree, pero adivinar si aun es de día o la noche está a punto de caer es dificil de saber. Tanta arena desorienta a cualquiera. Al rato (meses le parecen) parece que delante la atmósfera se aclara y la nube de polvo pierde fuerza. Se detiene un instante y suspira aliviado, aun es de dia y bajo sus pies la senda continua. No, no se ha perdido. Sin embargo el camino va perdiendo la horizontalidad para ir ganado verticalidad y la pendiente cada vez es más elevada, asi como más rocosa y abrupta y estrecha. La vereda de la montaña. ¿Cómo no haberlo sentido antes?. Con tanta arena era díficil verlo. Sólo las águilas que vuelan alto ven por encima de la tormenta. El joven quiso ser águila pero entonces sería libre y el viento sustentaría su vuelo. No hace frio aun pero el cansancio empieza a tomar forma. Primero en los pies para ir ascendiendo hacia la cadera, de ahi para abajo todo pesaba. No es frio solo cansancio. Se detiene a un lado y come un poco y bebe pero queda lo justo para un par de tragos. Despues se acabó. O encuentra agua o vendrá la sed. Al volver el recodo, el abismo a sus piés. No hay más camino. No más senda y la noche cae. Paralizado y exahusto debe volver pero detrás no hay camino. El abismo de nuevo. Es un sueño, ¡trata de volar!. Agita los brazos como hacen las águilas pero no hay fuerzas para más. Desde allí sólo una salida mientras contempla el oscuro y gélido aliento que se abre a sus pies. No tropieza, no se agarra para descender. Sabe que lo único que puede hacer es continuar. Da un paso y no grita mientras cae. Si hay fondo ya despertaré, se dice bajito y sin abrir los labios. En los sueños solo muere el alma, piensa cuando el miedo le estrangula con su garra. El cuerpo se empeña en respirar y latir así que la muerte no es muerte del todo. Sólo muere una parte de tí (con los ojos cerrados). En eso ocupa su mente en el descenso vertiginoso hacia el fondo lejano.
No recuerda el golpe, ya no es él aunque siga siendo el mismo. Todo está oscuro y hace tanto frío que descubre su respirar por el tintineo que producen los pequeños cristales, como lágrimas, al caer a su alrededor con cada suspirar.
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Breve historia de violencia


Tuna (furia del siglo XXI). Paseo de la Colonia, Águilas. Octubre, 2007.
Caminaba con mi paso apresurado, tirando de la cadena a todo lo que daba (odio la cadena que me retiene más de lo que quisiera) con mi amo tras de ella. Oliendo meadas y feromonas que me cuentan como anda el vecindario. El perro marrón chiquito no anda bien del estómago, pobre, debió comer pienso enlatado que revuelve el estómago hasta la nausea. Al pasar la palmera (una de las decenas que hay por aquí), vi acercarse un grupo de la especie de mi amo, aunque no eran de su clase (mi amo es raro y peculiar). Estos olían diferentes, no sé, como más añejos. Dos hembras y un macho. Al pasar a nuestro lado una de las hembras, vestida de negro, comentaba en voz alta: pues al menos eran cinco, cuatro municipales y dos nacionales. Entonces serían seis, querida, le corrigió la otra mujer. Pues seis, que más da, y aun así les dio de lo suyo, decía la mujer enlutada. Bueno tampoco debió de ser para tanto porque tu hijo llevaba la ropa desgarrada por todos lados y la camisa llenetica de sangre, le volvía a decir la amiga y añadió: ¡es que tu nene no tiene cabeza!. Si, pero ellos eran seis. El macho de pelo blanco asentía como ausente.
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