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MANUAL PRÁCTICO PARA PECES DE OCÉANO. Capítulo tercero: El anzuelo



Una vez me ocurrió, que terrible experiencia, aunque claro se aprende a cada golpe de aleta, ahí quedan las cicatrices. El brillo metálico de la superficie (la enemiga) apenas un destello anaranjado, la noche daba paso al día y toda la pasé sin despegarme de mi sitio. Por encima todo estaba tranquilo, tranquilo por debajo, tranquilo también a los lados. Si bien mirar a la derecha aun me mareaba un poco, a la izquierda el gran azul. Nadar en la periferia del banco tiene estos inconvenientes, nadar con un ojo abierto y el otro cerrado, a guiños con el destino. Aletear en el perímetro, sin perder el sitio, desconcierta a no pocos arenques recién llegados. No hacía ni tres días que nadaba en el banco y aunque el primer día estaba situado en su interior, rodeado de hembras, y encantado por el caleidoscópico espectáculo que se desplegaba alrededor, de brillos y destellos como de luciérnagas plateadas, pero aquel primer día me aguardaba una sorpresa, cuando en un giro brusco perdí la vez. Mi confortable y segura posición, junto a aquellas hembras tan ágiles como hermosas, era historia. Me las vi y deseé para no ahogarme entre tanta turbulencia y cuando creí perder el sentido cerca ya del desmayo, una última voltereta, una sacudida violenta y desperté. Con horror contemplaba aturdido como mis congéneres se alejaban y me dejaban atrás. El banco ahora oscuro, a una decena de metros por delante, se agitaba terrible como una nube negra en la tempestad recorrida por ondas de centella, que visión si no estuviese en situación tan delicada. Los destellos plateados como de rayos en la tormenta, recorrían los flancos del banco en rápidas ráfagas que se alejaban de mí (aterrorizado y fascinado al mismo tiempo). Atontado todavía, noté que el pánico me dominaba y que afloraba en mi interior una fuerza desconocida. Mi aleta caudal no parecía la que yo recordaba, agitándose vertiginosamente de izquierda a derecha, mientras mis ojos aturdidos, trataban de no perder de vista los relámpagos que se perdían. Todo mi ser se desplazaba como un cohete submarino en frenética y rectilínea trayectoria hacia la salvación.

Cuando por fin alcancé a los míos, tragaba grandes bocanadas de agua marina, en busca de aliento, sacándome el tremendo susto de encima. Pasaron varias horas hasta comprender que algo esencial había cambiado tras la estampida, ya no estaba dentro, nadando junto a las sirenas, ahora nadaba por fuera. Desaliento.

Después de aquello, tardé bastante rato en sobreponerme y coger de nuevo el ritmo natatorio, aleteaba por instinto y eso cansa demasiado. A mi derecha el compañero de banco cambiaba a cada instante, a mi izquierda el paisaje amenazante del gran azul me orientaba y advertía: por aquí no, por aquí estás solo y para un arenque de mi especie, la soledad es mortífera. Así pasaron las horas y dos jornadas hasta que el hambre atroz me devolvió a mis pensamientos y con ellos un nuevo ritmo, el ritmo del banco, el ritmo de mis hermanos. Ya no nadaba sin propósito particular y mis aletas en sincronía, le devolvían a mi ojo de pez, la mirada del otro.

A veces trataba de adelantarme un poco al resto o sacar siquiera una cabeza a mi par, echaba un vistazo rápido al oscuro azul y me retrasaba de nuevo al sitio. Tres jornadas y nada de comer, el banco avanzaba girando levemente, unas veces subiendo otras bajando, sin brusquedad, mecido por la corriente. Serían las ocho y treinta y tres cuando el olor dulzón se coló por entre mis branquias, venía de estribor o por la izquierda si se mira de cabeza a cola, de eso estaba seguro, pero mis compañeros seguían su rumbo sin variar la dirección. El olor se acercaba y se alejaba, haciendo que mis intestinos crujiesen. No había duda, algo delicioso flotaba cerca. Todo ocurrió de prisa, el brillo y el olor al mismo tiempo, como de invitación perfumada. No pude más, el hambre ganaba al miedo cuando abandoné a mis compañeros. Un salto rápido, pensé.Ya sabía como volver, mi aleta se encargaría de todo, como antes, a toda pastilla. En el salto no iba solo, tres más en pos de aquel manjar cercano pensamos en lo mismo. Iba a haber competencia y uno más joven o más desesperado se adelantó unos metros, más rápido, me dije, más rápido o te quedas sin nada. Casi lo alcanzaba cuando de pronto se puso a saltar, giraba y giraba, contorsionándose como una pescadilla mordiéndose la cola, en un baile salvaje de vueltas y revueltas, el torbellino del placer, me dije y la envidia (nada sana) me asaltó: que cabrón como goza, ¿qué le pasa a la puta de mi cola?. Decepcionado, un instante no más, aminoré la marcha. Aun le observaba celoso, en su baile ascendente, cuando el dulzor me atrapó de nuevo. Esta vez a pocos metros, por debajo de mí. Esta vez no se me escapa. De un golpe de aleta me arranqué a nadar de nuevo. Ahí estaba, a dos palmos escasos, brillando y oliendo como un regalo celeste. Abrí la boca y me deslicé de lado y entonces bailé. El dolor era insoportable, ahí no había dulzor que degustar, solo el ardiente frío que atravesaba mi boca, el regusto a sangre y mi cuerpo que se retorcía sin control. El dolor era agudo y no cesaba, traté de girar, de saltar, de ir hacia abajo, hacia la izquierda, en una danza maldita hacia cualquier sitio que acabase aquella tortura. Nada. Cualquier esfuerzo aumentaba mi desdicha. Así que me detuve casi por completo, esperando calmar mi dolor. Por encima a unos metros, mi joven compañero seguía girando y luchando. Ya inmóvil traté de avisar al que faltaba pero no se me ocurría la forma de hacerlo así que no hice nada, tan solo observar sus titubeantes movimientos ante la situación creada. Pensé que quizás tendría mejor suerte que nosotros, me equivocaba. El vernos debatir por la carnaza y el baile espasmódico que lo acompañaba, no hizo sino excitar aun más su curiosidad y al divisar otro de aquellos objetos se precipitó sin dudarlo, sin pensar siquiera. Cerré los ojos para no verlo y al volverlos a abrir supe que estábamos perdidos. Pasaron fragmentos congelados de tiempo, muy quieto, a verlas venir, y nada cambiaba excepto que al buscar al primer compañero, noté con cierto pavor, que ya no estaba. Sólo dos de nuevo, mi nuevo compañero bregando inútilmente con aquello y yo mismo sin hacer nada. El quedarse quieto funciona al principio, pues calma el dolor. Pero al poco sentía que me asfixiaba de tanto relajo y debía moverme, y cada vez que me movía el dolor, como un filo que traspasa, regresaba de nuevo. Menuda trampa, no había salida. Si me muevo, el dolor me aturdía. Si me quedo quieto, me ahogaba. Entonces me sumí en el sueño sin oxígeno, donde venían de visita las figuras iridiscentes, y ya no tuve frío.

Ya muerto, el terror se diluye en el azul profundo. La muerte sabe a harina de pescado y gusanos platelmintos, a zumo de mar. Boquiabierto contemplaba las formas que me rodeaban, medusas fantasmales, pólipos y estrellas de otro mundo. De entre todas, una forma oscura y gigantesca avanzaba con lentitud, apartando lo luminiscente de su camino, alejando las criaturas que en torno a mí se agolpaban. La enorme cola del leviatán oscuro, provocaba y extendía enormes ondas de presión submarina, y de su boca que todo lo tragaba, un lamento musical de sinfonía llegó a penetrar mi inanimado cuerpo. Serenata de un tiempo que no es tiempo y que no pertenece a nada. La melodía fragmentada que me devolvían el dolor y la rabia. Entonces desperté clavado al anzuelo. Y la sombra se llevó a la muerte y le supliqué que no me abandonara, le grité que me llevara pero se alejaba, y olvidé el dolor pero no la rabia. Cerré con fuerza mi boca de arenque herida y se me rasgó la mejilla. Estaba libre.

Read More 2 comentarios | Publicado por Jon edit post
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