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Corrientes

Anda ya

Café solo

Muchas tardes las solía pasar sentado junto al mar, el mar siempre ha ocupado un lugar especial que explica lo que soy. En algunas culturas (en la mía también) es sinónimo de locura y posiblemente lo sea. Desde pequeño he estado loco, al menos eso pensaba mi madre cuando alguien me regresaba de vuelta a casa vestido, chorreando de la cabeza a los pies y le decía a mi sufrida madre donde me había encontrado y que era una suerte que no estuviese en el cielo con los angelitos, descansando en paz. Recuerdo a mi madre llorando y tratando de explicarme que eso de tirarse al agua sin saber nadar estaba muy mal y yo que la quería mucho le decía que no iba a hacerlo más, pero en cuanto se descuidaba, me volvía a escapar y me lanzaba de nuevo al agua. Una vez me desnudé completamente antes de zambullirme, por aquello de no mojar la ropa y darle un disgusto a mi mamá, pero de todos modos se enteró cuando llamé a la puerta desnudo y empapado, y con la ropa debajo del brazo, eso sí bastante más seca que yo. Ya desesperada me tuvo delante de la puerta del piso donde vivíamos, desnudo y solo, hasta que le jurase que no volvería a hacerlo más. Por aquel entonces aun no había cumplido los tres años y parecía que nunca los iba a llegar a cumplir. Esos y otros recuerdos rondaban mi cabeza sentado en la cafetería que hay al final del paseo a escasos metros de la playa. Han pasado tres décadas desde que comenzó esa relación de atracción entre el agua y yo, y sé como acabará, siempre lo he sabido. Allí sentado debajo de una sombrilla y contemplando la quietud verde azulada del Mediterráneo esperaba a que la camarera me trajese el café de todas las tardes. Y es que el café de las tardes no es más que una amarga y estimulante excusa, entre las pocas ganas de estudiar y las muchas de permanecer atento a los colores variados de mi locura.

A esas tempranas horas de la tarde cerca de la mesa, algunos críos y crías corretean bajo la atenta supervisión de sus madres, que no dudan a la hora de soltarles alguna que otra reprimenda pensando en que están montando demasiado barullo, y los niños con cara de susto, que al instante olvidan, para seguir con sus carreras y persecuciones. Al rato llegó la camarera con el café, en poco tiempo lo haría Juanjo, un amigo al que esperaba. Juanjo trabaja en el archivo del ayuntamiento y muchas veces bromeo con él imaginando un sótano apenas iluminado por las luces de las velas, con telarañas en la paredes y una gran reja oxidada como puerta principal donde se esconde una mazmorra húmeda y silenciosa, como la de los viejos castillos o las galerías bajo el suelo de Roma (en donde nunca he estado), donde se guardan los escritos y papeles que todo el mundo ha olvidado. El suele reír tal vez por la idea de estar en Roma o por trabajar en una catacumba moderna. A Juanjo sin embargo lo que más le apasiona es el cine y de eso y otras cosas solemos charlar. Mientras esperaba su llegada le di un sorbo al café, y mis recuerdos viajaron de nuevo. Esta vez no fueron sólo en el tiempo, sino también por el espacio, hasta los campos de encinas del país vecino, hasta la plaza del pueblo de Portalegre, y al rostro y al cuello con sabor a chocolate amargo, de la que me enseñó a saborear café. Y es que el café no es igual en todas partes ,como hasta no hace mucho ignoraba, sino que cambia y muta de lo quemado a lo tostado, de lo aguado a un suspiro, de lo insípido al chocolate. Llega Juanjo y se sienta, abro lo ojos y bajo la taza, me ha pillado en mitad de un sorbo y mi mente aun seguía en Portugal. Mientras esperaba a que la chica le trajese lo suyo (un cortado con la leche fría), aproveché para contarle una historia que un día escapó, de los labios de sabor cacao y que contaba: ¿sabes por qué me gusta tomar café en este sitio?, a lo que mi amigo respondió que no, que ni idea, pues resulta que en Portugal, muy cerca de la frontera y en mitad de la nada, hay un pueblo pequeño rodeado de encinas y campos sin cultivar, y allí ,y no en otra parte, hacen el mejor café del mundo o eso dicen los de por allí, y resulta que aquí tienen la misma marca,y seguí diciéndole. No es que yo sea un entendido en esto del café y sus matices, pero cuando tuve la oportunidad de probarlo, el primer sorbo me transportó a lugares húmedos y calientes , y llenos de pájaros multicolores. Hasta entonces nunca un sorbo de nada me había producido tal sensación más bien todo lo contrario, me había provocado como mucho un pescozón en la nuca, nada parecido a viajar sin equipaje. Desde aquel descubrimiento, le confesaba, el resto del tiempo que estuve en Portugal, me pasaba el rato observando como vivían aquella experiencia los habitantes del país vecino. Al principio en cada pueblo y ciudad que visitaba, por distintas razones, ya fuese por el trabajo o por la curiosidad o por señales invisibles que hacen que te detengas en un lugar y pases de largo por otros, elegía una cafetería y me sentaba. Como aprendiz suponía que en las cafeterías del centro, las de las plazas, las de al lado de los ayuntamientos, las de los parques con jardines, con sus camareros vestidos para la ocasión con pantalones negros y camisa blanca inmaculada, con sus bandejas redondas y relucientes, y sus delantales rojos, siempre con una sonrisa y un trato esmerado, donde te podías sentar y contemplar el paisaje, y las chicas guapas entrando y saliendo, era donde servirían un estupendo café, como aquel que te transporta con un sorbo, pero no lo lograba. No es que no estuviesen buenos, que lo estaban, pero a todos les faltaba algo que no consigo explicar. Observando a mí alrededor, después de muchos cafés y con los sentidos ya más despiertos por los ríos de cafeína de las últimas semanas, me di cuenta de que algo se me estaba escapando. Las personas que me acompañaban, de forma anónima en aquellas cafeterías , no expresaban en sus rostros nada especial al dar un sorbo o al beberlos de un tirón; unos grises, otros con prisa y muchos turistas. Allí no estaba mi café, no al menos el que andaba buscando, mi búsqueda parecía que se encontraba en un callejón sin salida. No fue hasta una tarde de febrero, no muy fría y soleada, acompañando a un colega a vender productos para las plantas (vendía bichos que se comen a otros bichos) en una tienda del Barrio Alto de Lisboa, donde venden naranjas y miel a ritmo de reggae, cuando topé con el destino. Los que la llevan (la tienda de las maravillas) son un español y un portugués amantes de las hierbas y que al cabo del rato, me enseñaron el secreto. Era la hora de cierre, y como no teníamos prisa, y la noche se deslizaba por las callejuelas del barrio, decidimos ir a tomar un café por allí cerca. Ya en la puerta, cerrando el establecimiento, sugerí tomarlo en un sitio de moda que estaba cerca y que tenía buen ambiente (y buen café eso pensaba yo), a lo que respondieron cortésmente que no, que aquel sitio era una mierda para tomar café ,y que si quería un buen café nos fuésemos con ellos. Mi amigo no estaba tan seguro, pero él no tomaba café (tomaba té), así que les acompañé. No sé cuantas vueltas dimos por ese laberinto de Lisboa al que llaman El Barrio, pero ya cuando todo apuntaba a que estábamos perdidos, paramos a la puerta de un local. La calle olía a flores y meada, nada nuevo, pero sí lo era el que estuviésemos en una zona apartada y oscura, donde si siendo forastero no sientes un escalofrío, es que no lo eres. El lugar ideal para desaparecer sin dejar rastro. El local, como los alrededores, oscuro y rojo, estrecho, y según para quien ,maloliente y sucio, la némesis de las cafeterías. Sentados en los pocos taburetes o distribuidos por las cuatro mesas, junto a las paredes donde colgaban fotos antiguas de un remoto pasado futbolístico y una virgen, los clientes se acomodaban. La clientela era variada y singular: ejecutivos, putas, escritores, ladrones, dos chicas extranjeras salidas de Alicia en su país, vagabundos, algún bohemio solitario y un cura, todos de la cueva de Ali Baba. Detrás de la barra, un tipo de aspecto sumamente descuidado, parecía disgustado con algo, pues a cada tímido y susurrante pedido, apartaba la mirada del interlocutor y rumiaba cualquier cosa entre dientes. Peleado con la vida y con él mismo (o con una mujer). Ya me acercaba a la barra cuando Bruno me sujetó y dijo que no, ya pido yo, déjame a mí que eres nuevo aquí. Bruno aguardaba paciente a que aquel barbudo grotesco y lleno de lamparones, apartase su concentración de la máquina humeante, por la que salía, de su parte superior, un chorro de vapor rojizo y por la inferior, la sangre oscura a las tacitas de porcelana. Tres cafés pidió Bruno y el barbudo desarrapado ni siquiera lo miró, pero sí giró el corpachón hacia su máquina, mascullando por lo bajo. Desde donde me encontraba no era posible observar el proceso al detalle, pero los movimientos antes hoscos y malhumorados con la loza y el fregadero, y el lenguaje seco y altisonante con los parroquianos (a los que despreciaba), parecían suavizarse y volverse cálidos y precisos, mientras manejaba la cafetera salida del infierno o rescatada de un naufragio. Al dar mi primer sorbo, la selva volvió a mi paladar, al segundo, la vuelta al mundo.

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La Fotografía



Entre las cuatro y las cinco, los días entre semana, me quedo en el segundo piso del Casino estudiando o mejor recordando lo que hace años estudié y que no acaba, la ciencia de la vida. Hace años, cuando aun me empeñaba en estudiar medicina, y soñaba con aprender ese arte que sana los cuerpos, una maestra y una tragedia por venir torcieron mis intenciones, pero esa es otra historia. Con el tercer peor expediente (todavía tengo pesadillas que me dicen que no, que me queda una asignatura por terminar) di por finalizados mis estudios. Así de preparado subo las escaleras, y así de inseguro afronto la prueba por venir. Así también el primer día que fui a esa biblioteca, o más bien sala de lectura, al franquear la puerta al final de un pasillo con el suelo de madera, mi mente se fugó un instante a tiempos pasados, donde libros y estudiantes se mezclaban buscando respuestas, sin conocer las preguntas. Y el desear levantarme y marcharme, porque mi cabeza no estaba en lo que estaba, y a abrir una ventana y coger aire, y decirle a la chica de al lado, que afuera es primavera y que esto puede esperar. Me cuesta concentrarme en una biblioteca y con ese ánimo abría la puerta. El primer día, apenas levanté la cabeza de mis apuntes, el segundo, la levanté para mirar a mi alrededor, a la semana de seguir concentrado, apenas me sentaba en la silla (pocas veces la misma) y comprender que efectivamente no me distraía con nada, supe que era mi sitio, o que yo y el sitio, habíamos establecido un pacto de esos que se establecen entre seres inanimados y resto de seres. El lugar me daba quietud y yo le daba utilidad. Salvo un anciano de pelo blanco y semblante amable, yo era el único que ocupaba esa sala de lectura las tardes entre semana, el anciano siempre estaba allí y le llamaré Ramón (desconozco su verdadero nombre). A pesar de los años, en sus ojos hay un brillo especial de juventud, genio y curiosidad. Ramón es el encargado de abrir y cerrar la sala de estudio o contemplación, cada cual le da la utilidad que busca. Se sienta frente a una pequeña mesa, que tiene un ordenador de sobremesa y varios objetos alrededor, lapiceros, papeles, impresora, unos pequeños altavoces y una lámpara azul. De vez en cuando, de los altavoces sale el sonido de una canción, muy bajito, apenas perceptible, y desde luego no tanto, como para distraer ni molestar a los oídos cansados de muchos conciertos y locales atronadores. Las primeras veces no fui capaz de reconocer ninguna melodía, pero un día que debió dejar el volumen más alto, alcancé a reconocer la música de El Padrino. Sobre las siete y media, todos los días, aparece un amigo suyo que abre la puerta sin hacer ruido, y toma una silla y se sienta a su lado, y charlan de sus cosas en silencio, hasta que los dejo allí solos, en la sala, contándose sus vidas. Acompañado por la música que se deslizaba por la sala, mis ojos se apartaron de los apuntes, y recorrieron la estancia. Es un bonito lugar, con libros ordenados en las estanterías pegadas a la pared, de ventanales pintados de blanco por donde entra la luz generosa, y un olor a madera vieja que se desprende por cada rincón. Mi rutina, al contrario que la de Ramón, es menos interesante y se detiene a las seis, cuando la nicotina me llama y me saca a la calle a fumar un pitillo, y al terminar, me lleva de nuevo arriba y me quedo hasta que entra el amigo de Ramón, al que llamaré José. Hora en la que decido que por hoy ya está bien, y recojo los apuntes, y me despido, hasta el día siguiente.

Una tarde, a la puerta del edificio, un señor bastante mayor preguntó si podía pasar a echar un vistazo. Un poco extrañado no supe que decirle, allí solo soy un visitante ocasional, no pertenezco a ese lugar, no trabajo allí, solo soy un espectador más. Por fin y viendo que esperaba una respuesta, le dije que sí, que claro que podía pasar, pero le advertí que a esa hora no encontraría a nadie dentro, excepto quizás, al anciano de la biblioteca en el piso de arriba, a donde yo me dirigía. El señor mayor, al que llamaré Antonio, sonrió mientras contaba que hacía mucho tiempo (cuarenta años atrás) que no venía al pueblo, y que allí esperaba (sin mucha convicción) encontrar a alguien familiar. También hizo alguna referencia a lo cambiado que estaba todo, y que el Casino, después de observar la escalera de entrada con el rabillo del ojo, seguía igual (y eso parecía tranquilizarle). Juanjo se marchó y entré con Antonio. Mientras subía las escaleras, el anciano admiraba los salones del primer piso, y allí lo dejé. Llevaba una media hora sumergido en mis apuntes de biología, cuando la puerta de la sala se abrió. Ramón, sentado frente a su ordenador, se giró para ver quien perturbaba sus quehaceres a esas horas. Parado en la puerta Antonio lo miraba expectante. Buenas tardes, dijo el señor junto a la puerta, ¿no sabes quien soy?. Ramón lo escrutaba extrañado, tratando de recordar quien era aquella figura tan mayor como él, que parecía saber su nombre. Al poco, la cara de Ramón cambió de manera súbita, y rompiendo el silencio de aquellas paredes (roto sólo por la música de cine), acertó a decir preso de una intensa emoción, Antonio ¿eres tú?. Si Ramón, soy yo. Ramón se levantó, con una energía que hasta aquel instante ignoraba que tuviese, para fundirse en un abrazo con su amigo, para a continuación desaparecer en animada charla, por el pasillo de madera. En la sala me quedé yo, una sonrisa y mis pensamientos. Un rato después la puerta volvió a abrirse, esta vez sólo entraba Ramón. En su rostro había pura felicidad animado como un chaval, hasta entonces nunca lo había visto así, rompiendo el silencio de aquella sala. ¡Antonio que alegría, Antoñico! Lo observaba y no pude más que sonreír. Se sentó en su escritorio y me habló todavía alterado. Hasta ese instante, mis conversaciones con Ramón, se habían limitado a un hola buenas tardes, y adiós hasta mañana. ¿Sabe? era mi amigo Antonio, dijo. ¿Ah si?,le dije, me lo encontré en la puerta del Casino hace un rato, y me preguntó si había alguien por aquí. Que alegría el verle, hacía tanto tiempo... a ver espere, mire, creo que tengo una foto suya, déjeme buscarla en el ordenador. Le dije que adelante, que la buscase, mientras trataba de volver a concentrarme en el precámbrico pero sin conseguirlo (poco importaba). Al rato, sacando su cabeza de detrás de la pantalla, me pidió que me acercase a su escritorio. Mire, mire esta es la fotografía. Una foto de colores sepia, ocupaba toda la pantalla, y en ella, tomada hace muchos años en la arena de un coso taurino, cerca de la barrera, aparecían tres jóvenes de unos veinte años. Dos de ellos vestían de marinos en la mili y el otro, en el centro, de futbolista. Este es Antonio, me decía señalando al que vestía de deporte, jugaba de extremo en el Mallorca, decía orgulloso. ¿Y usted, quién de los dos es?, ¿es este? Pregunté. No, no ese es el cabo Fernández. Este soy yo, señalando al otro joven que quedaba. Salen muy bien ustedes tres en esa foto, le decía mientras él asentía. Regresé a mi sitio despacio mientras Ramón ponía en marcha su impresora, pues quería una copia en papel de su amigo. Esa tarde, a las siete y media, la puerta de la sala se volvió a abrir (por segunda vez aquel día) y entró José, tomó una silla, sin hacer ruido, para acomodarse junto a su amigo, para charlar sobre sus cosas como todas las tardes. Recogí mis apuntes y me despedí de ellos hasta mañana, y los ojos de Ramón brillaban todavía.

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