En el sueño el joven pasea por el campo, las suaves colinas verde azules pintadas en el horizonte. Un sol de primavera calienta pero no quema. Mientras recorre el camino observa y deambula tranquilo y marcha silbando, las manos en los bolsillos y el caminar seguro, hacia poniente. El camino discurre entre arboles a la derecha y el río a la izquierda. Al pasar un pequeño puente, la senda sube y se hace más empinada. Al final de la cuesta el chico se detiene. El paisaje de pradera y bosque queda atrás y delante la estepa se extiende, seca y azotada por remolinos de arena que se alzan a lo lejos. El joven suspira y se sienta sobre una piedra dispuesta para la ocasión. Es hora de tomar fuerzas. De su bolsa saca un trozo de pan y bebe un sorbo de la cantimplora. La estepa es seca y el río parece desaparecer en el horizonte. No parece un lugar muy hospitalario pero sabe que debe continuar. Siempre hacia poniente, es la ley. No está cansado y lleva el ritmo aunque dos (o quizás diez) millas atrás un tropezón le hizo caer y en la rodilla un corte de sangre seca rasgó su pantalón de pana. La herida quemó un poco pero eso no le iba a detener, debía continuar, es la ley. Viaja hacia poniente hasta el anochecer. El sol de la mañana ya es de mediodía y en la estepa seca se nota más la sed. Un sorbo más pero sin abusar. El río quedó muy atrás y no se puede volver. El camino por la estepa, cada vez más parecida a una sabana, se puebla de nuevas criaturas que corren paralelas y atraviesan a ratos el camino con grandes saltos. Gacelas, sin duda, pero a lo lejos un rugido que le hace temblar le indica que no solo los graciles herbívoros le acompañan. A unos pasos adelante una muralla arenosa divide el sendero y amenaza con envolverlo todo. Afortunadamente lleva un pañuelo para estos casos, como le habían recomendado. Antes se le ocurre humedecer el trapo con algo de agua de su cantimplora (lo vio en una película o en otra vida, ya no recuerda). La tormenta de arena no le deja ver nada más que sus pasos. Delante y detrás nada es visible. Va retrasado, eso al menos cree, pero adivinar si aun es de día o la noche está a punto de caer es dificil de saber. Tanta arena desorienta a cualquiera. Al rato (meses le parecen) parece que delante la atmósfera se aclara y la nube de polvo pierde fuerza. Se detiene un instante y suspira aliviado, aun es de dia y bajo sus pies la senda continua. No, no se ha perdido. Sin embargo el camino va perdiendo la horizontalidad para ir ganado verticalidad y la pendiente cada vez es más elevada, asi como más rocosa y abrupta y estrecha. La vereda de la montaña. ¿Cómo no haberlo sentido antes?. Con tanta arena era díficil verlo. Sólo las águilas que vuelan alto ven por encima de la tormenta. El joven quiso ser águila pero entonces sería libre y el viento sustentaría su vuelo. No hace frio aun pero el cansancio empieza a tomar forma. Primero en los pies para ir ascendiendo hacia la cadera, de ahi para abajo todo pesaba. No es frio solo cansancio. Se detiene a un lado y come un poco y bebe pero queda lo justo para un par de tragos. Despues se acabó. O encuentra agua o vendrá la sed. Al volver el recodo, el abismo a sus piés. No hay más camino. No más senda y la noche cae. Paralizado y exahusto debe volver pero detrás no hay camino. El abismo de nuevo. Es un sueño, ¡trata de volar!. Agita los brazos como hacen las águilas pero no hay fuerzas para más. Desde allí sólo una salida mientras contempla el oscuro y gélido aliento que se abre a sus pies. No tropieza, no se agarra para descender. Sabe que lo único que puede hacer es continuar. Da un paso y no grita mientras cae. Si hay fondo ya despertaré, se dice bajito y sin abrir los labios. En los sueños solo muere el alma, piensa cuando el miedo le estrangula con su garra. El cuerpo se empeña en respirar y latir así que la muerte no es muerte del todo. Sólo muere una parte de tí (con los ojos cerrados). En eso ocupa su mente en el descenso vertiginoso hacia el fondo lejano.
No recuerda el golpe, ya no es él aunque siga siendo el mismo. Todo está oscuro y hace tanto frío que descubre su respirar por el tintineo que producen los pequeños cristales, como lágrimas, al caer a su alrededor con cada suspirar.
No recuerda el golpe, ya no es él aunque siga siendo el mismo. Todo está oscuro y hace tanto frío que descubre su respirar por el tintineo que producen los pequeños cristales, como lágrimas, al caer a su alrededor con cada suspirar.
