
Entre las cuatro y las cinco, los días entre semana, me quedo en el segundo piso del Casino estudiando o mejor recordando lo que hace años estudié y que no acaba, la ciencia de la vida. Hace años, cuando aun me empeñaba en estudiar medicina, y soñaba con aprender ese arte que sana los cuerpos, una maestra y una tragedia por venir torcieron mis intenciones, pero esa es otra historia. Con el tercer peor expediente (todavía tengo pesadillas que me dicen que no, que me queda una asignatura por terminar) di por finalizados mis estudios. Así de preparado subo las escaleras, y así de inseguro afronto la prueba por venir. Así también el primer día que fui a esa biblioteca, o más bien sala de lectura, al franquear la puerta al final de un pasillo con el suelo de madera, mi mente se fugó un instante a tiempos pasados, donde libros y estudiantes se mezclaban buscando respuestas, sin conocer las preguntas. Y el desear levantarme y marcharme, porque mi cabeza no estaba en lo que estaba, y a abrir una ventana y coger aire, y decirle a la chica de al lado, que afuera es primavera y que esto puede esperar. Me cuesta concentrarme en una biblioteca y con ese ánimo abría la puerta. El primer día, apenas levanté la cabeza de mis apuntes, el segundo, la levanté para mirar a mi alrededor, a la semana de seguir concentrado, apenas me sentaba en la silla (pocas veces la misma) y comprender que efectivamente no me distraía con nada, supe que era mi sitio, o que yo y el sitio, habíamos establecido un pacto de esos que se establecen entre seres inanimados y resto de seres. El lugar me daba quietud y yo le daba utilidad. Salvo un anciano de pelo blanco y semblante amable, yo era el único que ocupaba esa sala de lectura las tardes entre semana, el anciano siempre estaba allí y le llamaré Ramón (desconozco su verdadero nombre). A pesar de los años, en sus ojos hay un brillo especial de juventud, genio y curiosidad. Ramón es el encargado de abrir y cerrar la sala de estudio o contemplación, cada cual le da la utilidad que busca. Se sienta frente a una pequeña mesa, que tiene un ordenador de sobremesa y varios objetos alrededor, lapiceros, papeles, impresora, unos pequeños altavoces y una lámpara azul. De vez en cuando, de los altavoces sale el sonido de una canción, muy bajito, apenas perceptible, y desde luego no tanto, como para distraer ni molestar a los oídos cansados de muchos conciertos y locales atronadores. Las primeras veces no fui capaz de reconocer ninguna melodía, pero un día que debió dejar el volumen más alto, alcancé a reconocer la música de El Padrino. Sobre las siete y media, todos los días, aparece un amigo suyo que abre la puerta sin hacer ruido, y toma una silla y se sienta a su lado, y charlan de sus cosas en silencio, hasta que los dejo allí solos, en la sala, contándose sus vidas. Acompañado por la música que se deslizaba por la sala, mis ojos se apartaron de los apuntes, y recorrieron la estancia. Es un bonito lugar, con libros ordenados en las estanterías pegadas a la pared, de ventanales pintados de blanco por donde entra la luz generosa, y un olor a madera vieja que se desprende por cada rincón. Mi rutina, al contrario que la de Ramón, es menos interesante y se detiene a las seis, cuando la nicotina me llama y me saca a la calle a fumar un pitillo, y al terminar, me lleva de nuevo arriba y me quedo hasta que entra el amigo de Ramón, al que llamaré José. Hora en la que decido que por hoy ya está bien, y recojo los apuntes, y me despido, hasta el día siguiente.
Una tarde, a la puerta del edificio, un señor bastante mayor preguntó si podía pasar a echar un vistazo. Un poco extrañado no supe que decirle, allí solo soy un visitante ocasional, no pertenezco a ese lugar, no trabajo allí, solo soy un espectador más. Por fin y viendo que esperaba una respuesta, le dije que sí, que claro que podía pasar, pero le advertí que a esa hora no encontraría a nadie dentro, excepto quizás, al anciano de la biblioteca en el piso de arriba, a donde yo me dirigía. El señor mayor, al que llamaré Antonio, sonrió mientras contaba que hacía mucho tiempo (cuarenta años atrás) que no venía al pueblo, y que allí esperaba (sin mucha convicción) encontrar a alguien familiar. También hizo alguna referencia a lo cambiado que estaba todo, y que el Casino, después de observar la escalera de entrada con el rabillo del ojo, seguía igual (y eso parecía tranquilizarle). Juanjo se marchó y entré con Antonio. Mientras subía las escaleras, el anciano admiraba los salones del primer piso, y allí lo dejé. Llevaba una media hora sumergido en mis apuntes de biología, cuando la puerta de la sala se abrió. Ramón, sentado frente a su ordenador, se giró para ver quien perturbaba sus quehaceres a esas horas. Parado en la puerta Antonio lo miraba expectante. Buenas tardes, dijo el señor junto a la puerta, ¿no sabes quien soy?. Ramón lo escrutaba extrañado, tratando de recordar quien era aquella figura tan mayor como él, que parecía saber su nombre. Al poco, la cara de Ramón cambió de manera súbita, y rompiendo el silencio de aquellas paredes (roto sólo por la música de cine), acertó a decir preso de una intensa emoción, Antonio ¿eres tú?. Si Ramón, soy yo. Ramón se levantó, con una energía que hasta aquel instante ignoraba que tuviese, para fundirse en un abrazo con su amigo, para a continuación desaparecer en animada charla, por el pasillo de madera. En la sala me quedé yo, una sonrisa y mis pensamientos. Un rato después la puerta volvió a abrirse, esta vez sólo entraba Ramón. En su rostro había pura felicidad animado como un chaval, hasta entonces nunca lo había visto así, rompiendo el silencio de aquella sala. ¡Antonio que alegría, Antoñico! Lo observaba y no pude más que sonreír. Se sentó en su escritorio y me habló todavía alterado. Hasta ese instante, mis conversaciones con Ramón, se habían limitado a un hola buenas tardes, y adiós hasta mañana. ¿Sabe? era mi amigo Antonio, dijo. ¿Ah si?,le dije, me lo encontré en la puerta del Casino hace un rato, y me preguntó si había alguien por aquí. Que alegría el verle, hacía tanto tiempo... a ver espere, mire, creo que tengo una foto suya, déjeme buscarla en el ordenador. Le dije que adelante, que la buscase, mientras trataba de volver a concentrarme en el precámbrico pero sin conseguirlo (poco importaba). Al rato, sacando su cabeza de detrás de la pantalla, me pidió que me acercase a su escritorio. Mire, mire esta es la fotografía. Una foto de colores sepia, ocupaba toda la pantalla, y en ella, tomada hace muchos años en la arena de un coso taurino, cerca de la barrera, aparecían tres jóvenes de unos veinte años. Dos de ellos vestían de marinos en la mili y el otro, en el centro, de futbolista. Este es Antonio, me decía señalando al que vestía de deporte, jugaba de extremo en el Mallorca, decía orgulloso. ¿Y usted, quién de los dos es?, ¿es este? Pregunté. No, no ese es el cabo Fernández. Este soy yo, señalando al otro joven que quedaba. Salen muy bien ustedes tres en esa foto, le decía mientras él asentía. Regresé a mi sitio despacio mientras Ramón ponía en marcha su impresora, pues quería una copia en papel de su amigo. Esa tarde, a las siete y media, la puerta de la sala se volvió a abrir (por segunda vez aquel día) y entró José, tomó una silla, sin hacer ruido, para acomodarse junto a su amigo, para charlar sobre sus cosas como todas las tardes. Recogí mis apuntes y me despedí de ellos hasta mañana, y los ojos de Ramón brillaban todavía.
