A esas tempranas horas de la tarde cerca de la mesa, algunos críos y crías corretean bajo la atenta supervisión de sus madres, que no dudan a la hora de soltarles alguna que otra reprimenda pensando en que están montando demasiado barullo, y los niños con cara de susto, que al instante olvidan, para seguir con sus carreras y persecuciones. Al rato llegó la camarera con el café, en poco tiempo lo haría Juanjo, un amigo al que esperaba. Juanjo trabaja en el archivo del ayuntamiento y muchas veces bromeo con él imaginando un sótano apenas iluminado por las luces de las velas, con telarañas en la paredes y una gran reja oxidada como puerta principal donde se esconde una mazmorra húmeda y silenciosa, como la de los viejos castillos o las galerías bajo el suelo de Roma (en donde nunca he estado), donde se guardan los escritos y papeles que todo el mundo ha olvidado. El suele reír tal vez por la idea de estar en Roma o por trabajar en una catacumba moderna. A Juanjo sin embargo lo que más le apasiona es el cine y de eso y otras cosas solemos charlar. Mientras esperaba su llegada le di un sorbo al café, y mis recuerdos viajaron de nuevo. Esta vez no fueron sólo en el tiempo, sino también por el espacio, hasta los campos de encinas del país vecino, hasta la plaza del pueblo de Portalegre, y al rostro y al cuello con sabor a chocolate amargo, de la que me enseñó a saborear café. Y es que el café no es igual en todas partes ,como hasta no hace mucho ignoraba, sino que cambia y muta de lo quemado a lo tostado, de lo aguado a un suspiro, de lo insípido al chocolate. Llega Juanjo y se sienta, abro lo ojos y bajo la taza, me ha pillado en mitad de un sorbo y mi mente aun seguía en Portugal. Mientras esperaba a que la chica le trajese lo suyo (un cortado con la leche fría), aproveché para contarle una historia que un día escapó, de los labios de sabor cacao y que contaba: ¿sabes por qué me gusta tomar café en este sitio?, a lo que mi amigo respondió que no, que ni idea, pues resulta que en Portugal, muy cerca de la frontera y en mitad de la nada, hay un pueblo pequeño rodeado de encinas y campos sin cultivar, y allí ,y no en otra parte, hacen el mejor café del mundo o eso dicen los de por allí, y resulta que aquí tienen la misma marca,y seguí diciéndole. No es que yo sea un entendido en esto del café y sus matices, pero cuando tuve la oportunidad de probarlo, el primer sorbo me transportó a lugares húmedos y calientes , y llenos de pájaros multicolores. Hasta entonces nunca un sorbo de nada me había producido tal sensación más bien todo lo contrario, me había provocado como mucho un pescozón en la nuca, nada parecido a viajar sin equipaje. Desde aquel descubrimiento, le confesaba, el resto del tiempo que estuve en Portugal, me pasaba el rato observando como vivían aquella experiencia los habitantes del país vecino. Al principio en cada pueblo y ciudad que visitaba, por distintas razones, ya fuese por el trabajo o por la curiosidad o por señales invisibles que hacen que te detengas en un lugar y pases de largo por otros, elegía una cafetería y me sentaba. Como aprendiz suponía que en las cafeterías del centro, las de las plazas, las de al lado de los ayuntamientos, las de los parques con jardines, con sus camareros vestidos para la ocasión con pantalones negros y camisa blanca inmaculada, con sus bandejas redondas y relucientes, y sus delantales rojos, siempre con una sonrisa y un trato esmerado, donde te podías sentar y contemplar el paisaje, y las chicas guapas entrando y saliendo, era donde servirían un estupendo café, como aquel que te transporta con un sorbo, pero no lo lograba. No es que no estuviesen buenos, que lo estaban, pero a todos les faltaba algo que no consigo explicar. Observando a mí alrededor, después de muchos cafés y con los sentidos ya más despiertos por los ríos de cafeína de las últimas semanas, me di cuenta de que algo se me estaba escapando. Las personas que me acompañaban, de forma anónima en aquellas cafeterías , no expresaban en sus rostros nada especial al dar un sorbo o al beberlos de un tirón; unos grises, otros con prisa y muchos turistas. Allí no estaba mi café, no al menos el que andaba buscando, mi búsqueda parecía que se encontraba en un callejón sin salida. No fue hasta una tarde de febrero, no muy fría y soleada, acompañando a un colega a vender productos para las plantas (vendía bichos que se comen a otros bichos) en una tienda del Barrio Alto de Lisboa, donde venden naranjas y miel a ritmo de reggae, cuando topé con el destino. Los que la llevan (la tienda de las maravillas) son un español y un portugués amantes de las hierbas y que al cabo del rato, me enseñaron el secreto. Era la hora de cierre, y como no teníamos prisa, y la noche se deslizaba por las callejuelas del barrio, decidimos ir a tomar un café por allí cerca. Ya en la puerta, cerrando el establecimiento, sugerí tomarlo en un sitio de moda que estaba cerca y que tenía buen ambiente (y buen café eso pensaba yo), a lo que respondieron cortésmente que no, que aquel sitio era una mierda para tomar café ,y que si quería un buen café nos fuésemos con ellos. Mi amigo no estaba tan seguro, pero él no tomaba café (tomaba té), así que les acompañé. No sé cuantas vueltas dimos por ese laberinto de Lisboa al que llaman El Barrio, pero ya cuando todo apuntaba a que estábamos perdidos, paramos a la puerta de un local. La calle olía a flores y meada, nada nuevo, pero sí lo era el que estuviésemos en una zona apartada y oscura, donde si siendo forastero no sientes un escalofrío, es que no lo eres. El lugar ideal para desaparecer sin dejar rastro. El local, como los alrededores, oscuro y rojo, estrecho, y según para quien ,maloliente y sucio, la némesis de las cafeterías. Sentados en los pocos taburetes o distribuidos por las cuatro mesas, junto a las paredes donde colgaban fotos antiguas de un remoto pasado futbolístico y una virgen, los clientes se acomodaban. La clientela era variada y singular: ejecutivos, putas, escritores, ladrones, dos chicas extranjeras salidas de Alicia en su país, vagabundos, algún bohemio solitario y un cura, todos de la cueva de Ali Baba. Detrás de la barra, un tipo de aspecto sumamente descuidado, parecía disgustado con algo, pues a cada tímido y susurrante pedido, apartaba la mirada del interlocutor y rumiaba cualquier cosa entre dientes. Peleado con la vida y con él mismo (o con una mujer). Ya me acercaba a la barra cuando Bruno me sujetó y dijo que no, ya pido yo, déjame a mí que eres nuevo aquí. Bruno aguardaba paciente a que aquel barbudo grotesco y lleno de lamparones, apartase su concentración de la máquina humeante, por la que salía, de su parte superior, un chorro de vapor rojizo y por la inferior, la sangre oscura a las tacitas de porcelana. Tres cafés pidió Bruno y el barbudo desarrapado ni siquiera lo miró, pero sí giró el corpachón hacia su máquina, mascullando por lo bajo. Desde donde me encontraba no era posible observar el proceso al detalle, pero los movimientos antes hoscos y malhumorados con la loza y el fregadero, y el lenguaje seco y altisonante con los parroquianos (a los que despreciaba), parecían suavizarse y volverse cálidos y precisos, mientras manejaba la cafetera salida del infierno o rescatada de un naufragio. Al dar mi primer sorbo, la selva volvió a mi paladar, al segundo, la vuelta al mundo.
© Copyright Corrientes. All rights reserved.
Designed by FTL Wordpress Themes | Bloggerized by FalconHive.com
brought to you by Smashing Magazine
